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Acrópolis (Atenas): las huellas de la democracia

Santiago 30 marzo, 2017

Aquí empezó todo. Aquí nació la idea de democracia como participación libre del ciudadano en los asuntos públicos, con sus derechos, deberes y responsabilidades, idea que sentó las bases del humanismo y las constituciones políticas modernas. Y no porque Teseo, legendario rey fundador de Atenas, pusiese a la ciudad bajo la protección de la diosa Atenea, de cuyo templo robó Prometeo las virtudes y el fuego para los humanos; ni porque Zeus, viendo que entre esos dones faltaba la sabiduría política, falta que desataba las guerras, enviase a Hermes con los dos necesarios, la vergüenza (la ética) y la justicia (la paz), para construir la máxima convivencia de los distintos pareceres por medio de la igualdad política, la palabra, las decisiones compartidas y las leyes. Claro que no. En realidad fueron personajes notables de la sociedad ateniense, virtuosos pensadores y hombres de acción, quienes lo hicieron posible mientras la ciudad vivía sus mejores momentos.

Solón puso los cimientos, en los albores de la época clásica, cancelando las deudas que ataban a las clases populares y menoscababan su dignidad ciudadana, anteponiendo por primera vez las ideas y la polis a los designios divinos y sus sacerdotes; no suprimió, sin embargo, el criterio económico y de linaje a la hora de acceder a los diferentes cargos. Fue Clístenes quien lo hizo, algunos años más tarde, reorganizando la división tribal del Ática y dando, así, preferencia a la igualdad de derechos políticos para todos por encima de la sangre y del patrimonio.

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Y, ya en pleno siglo de oro ateniense, el gran estadista Pericles puso la puntilla con el desarrollo de una democracia directa, en la que participaban libre y activamente todos los ciudadanos (no las mujeres y los esclavos, algo impensable entonces y que el tiempo ha tardado en corregir), los cargos se elegían mayoritariamente por sorteo y solo algunos por votación, la justicia era rápida y el ostracismo aislaba o condenaba al destierro a todo aquel que atentase contra las leyes establecidas. Militar y político de fuerte personalidad y solemne oratoria, convencido de la superioridad ateniense sobre el resto de las polis griegas, hizo de Atenas un pequeño imperio, impulsó la educación política de sus convecinos, desarrolló las artes y las ciencias en pleno apogeo de la cultura panhelénica y construyó los edificios que hoy muestran sus ruinas en lo alto de la Acrópolis, donde ahora nos encontramos.

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Este altozano, verdadera fortaleza natural amurallada y casi inexpugnable, se sitúa en el centro de la ciudad, y de antiguo centro palaciego defensivo devino en un témenos, un lugar sagrado de santuarios, templos y altares dedicados a diferentes dioses. Hoy es el gran polo de atracción turística, con un continuo ajetreo de visitantes. En la entrada sur de la colina, un letrero alusivo lo resume todo: “Europa comienza aquí”. Remontamos su ladera rocosa, que antaño estaba poblada de ricas construcciones, ruinosas ahora, dejando atrás, sucesivamente, entre otras, lo que queda del odeón de Pericles, el teatro de Dioniso, el santuario de Asklepio, la estoa de Euménides y el Odeón de Herodes Ático, parcialmente conservado como anfiteatro, cerrado a las visitas pero abierto a los espectáculos públicos.

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Entramos al recinto sagrado por su espectacular puerta de los Propileos, al oeste, para disfrutar, ya en su interior, del conjunto formado por el descosido Erecteión, las esbeltas Cariátides que le dan la espalda y el solar casi vacío del Pandroseión, con su olivo sagrado, a nuestra izquierda, y extasiarnos, al lado contrario,  con la majestuosidad del colosal Partenón, la joya del lugar, mientras pisamos el viejo suelo desgastado y sorteamos un verdadero cementerio blanco de piedras y mármoles, los restos caídos que sirven de alimento a su continua y siempre inacabada reconstrucción.

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Pero el lugar es, además, una perfecta atalaya que permite descubrir la inmensa ciudad, un mar blanco, a vista de pájaro y en todas direcciones. Ya en el fondo este, un mirador circular con una enorme bandera griega en medio se yergue como un balcón sobre el caserío. Hacia la izquierda, cual isla verde y puntiaguda, el monte Licabeto, cima de la ciudad, coronado por su capilla blanca, zona de recreo campestre con las mejores vistas.

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Hacia el lado contrario, muy cerca, el Arco de Adriano, las altas columnas del Templo de Zeus Olímpico y, algo más al fondo, semioculto por la arboleda, el mítico estadio Panatinaikós. Regresando a la puerta de salida por el lado sur, destaca el moderno diseño del Museo de la Acrópolis, pegado a la ladera, que exhibe los restos encontrados en las excavaciones del recinto y que no han ido a parar a los grandes museos de Europa; y ocupando todo el espacio occidental, algo más alejado, la colina Filopapo, boscosa morada de las Musas, con su característica torre monumental en lo alto.

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Pero es en la salida, mirando al oeste, desde donde se pueden descubrir las auténticas huellas políticas de la Democracia ateniense. A la izquierda, al fondo, rodeado de verde, la alargada roqueda del Pnyx, la Ekklesia o Asamblea popular, el órgano supremo, donde cualquier ciudadano podía hablar y discutir libremente junto con los grandes próceres de la época; hoy, desaparecidos sus templos y altares, queda la plataforma escalonada que conducía a la tribuna de los oradores, levantada sobre las desgastadas piedras blanquecinas rodeadas de árboles. Más cerca y al centro, justo debajo de donde nos encontramos ahora, otro promontorio rocoso similar, algo más pequeño, albergaba las deliberaciones del Areópago, la colina de Ares (el Marte romano, dios de la guerra), donde los dikasteria o tribunales ostentaban el poder legislativo en juicios rápidos controlados por una clepsidra o reloj de agua; unas viejas y gastadas escaleras de acceso y el peñascal de mármol gris de escarpes arrugados es todo lo que queda en pie. Y más abajo aun, en fin, podemos ver la amplia cicatriz del Ágora clásica, ahora un cementerio de grandes piedras y algunas escasas muestras en pie.

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Era plaza y mercado y lugar sagrado, el centro de la vida y el bullicio de la ciudad, un trasiego continuo de personas, mercancías, ideas y noticias, con una alta concentración de templos, altares, monumentos, estatuas, instituciones, espacios porticados y otros edificios. El Hefestión, un elegante templo dórico, es el único que queda en pie y el mejor conservado de la ciudad clásica; yacen sobre el suelo los restos de la Boulé, el Consejo de los ciudadanos, sucesor del areópago en los asuntos jurídicos y con tareas ejecutivas de organización y representación pero sin capacidad política decisoria; del Tholos circular que albergaba el fuego, símbolo del hogar de la polis; y del Monumento a los Héroes, entre otros. Esos poderes eran reforzados por el impulso de otros estamentos básicos para el desarrollo de la polis: el religioso, que aglutinaba a la sociedad en torno a los dioses y héroes; el militar, dirigido por los generales estrategas; y el cultural, que apuntalaba la confrontación dialéctica de las ideas en el desarrollo de la Filosofía y las Ciencias, daba empaque a la ciudad por medio de las Artes y enriquecía la ética ciudadana en los modelos humanos del Teatro y los Juegos.


Fuera del conjunto, hacia el noroeste, el cementerio del Cerámico acogía los cuerpos de los soldados y personajes notables; es el antiguo barrio de los alfareros, que aprovechaban el barro pantanoso del río para sus obras artesanas. Aquí se localizaba, extramuros, la famosa Academia de Platón, una especie de centro universitario especializado en Matemáticas (“no entre quien no sepa geometría”) pero también con estudios de Retórica, Filosofía y Política, levantado en el olivar de Academo, un héroe legendario de la ciudad. Siguiendo esa dirección, partía de aquí la vía sacra hacia la cercana ciudad de Eleusis y, en sentido contrario, la vía panatenaica volvía a este viejo centro urbano. Ahora a bajar y a patearlo todo in situ.

La democracia asamblearia solo se podía concebir en la Atenas clásica del siglo de oro, una potencia triunfante abierta al mar, al mundo y al diálogo, con una floreciente vida política, económica y cultural. Las demás polis eran más rurales, clasistas y guerreras. Pero pronto se truncaron las esperanzas puestas en un futuro prometedor. La Historia griega fue luego una acumulación de errores y fracasos, de intereses e injusticias, de guerras internas y externas, invasiones, golpes militares, oligarquías y turnismo seudodemocrático. Una democracia tutelada que hoy continúa en plena crisis, plagada de deudas, sin levantar cabeza y sin soluciones a corto plazo. Y siempre esperando a otro Pericles salvador. A ver.

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Santiago

Santi Somoza, de estirpe asturiana en la desembocadura del Eo, allí donde ástures y galaicos se dan la mano, aferrado siempre a su clan galego-forneiro, hipermétrope enjuto, jubiloso jubilado, maestro de nada y aprendiz de todo, pacífico y socarrón, descreído, escéptico, indignado, viajero letraherido y maratoniano corredor de fondo, ave nocturna y perpetrador de tangos, amigo de sus amigos, amante del buen vino y la poesía y, por encima de todo, de sus tres queridísimas mujeres.

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