Cuenta la leyenda que dos gigantes, uno escocés y el otro irlandés, dirimían sus rencillas a pedrada limpia y que, de tantas y tan descomunales piedras como se tiraron, formaron un camino sobre el mar, donde se ahogó el primero, al parecer más fuerte pero menos astuto, cuando huía en retirada engañado por un ardid de su contrincante. Todo esto ocurría al noreste de la isla de Irlanda, en la parte septentrional del Ulster que actualmente continúa perteneciendo al Reino Unido, separada de la vecina Escocia por un estrecho canal marino.
Lo que ambos personajes ignoraban era que su increíble y ancestral pedrero se iba a convertir con el paso del tiempo en patrimonio de la Humanidad, visitado actualmente por millares de personas de todo el mundo. Pero vayamos despacio, que para acercarse al norte del norte hay que viajar antes un poco. Quizá la mejor elección sea volar a Belfast, la capital de Irlanda del Norte, vía Dublín o Londres (ciudades ambas de obligada visita si aún no se conocen), y subir luego por carretera hasta la citada maravilla natural.




