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Una jornada ateniense

Santiago 3 mayo, 2017

Un domingo, noviembre de maratón en Atenas, con sol y fresco, aprovechamos para conocer el Estadio Panatinaikós (no confundir con el moderno estadio olímpico, dedicado principalmente al fútbol y situado al norte de la ciudad en el complejo deportivo diseñado por Calatrava, nuestro polémico arquitecto, para los Juegos de 2004), que ese día se abre libremente al público por albergar la zona de meta de la gran carrera anual. Conocido en casa como Kallimármaro, el mármol bello, por el blanco pentélico que hoy exhiben sus gradas, su origen se pierde en los tiempos más oscuros de la ciudad. De grandes dimensiones y construido según el modelo en horquilla allí imperante entonces, forma una U al aire libre que rodea una pista central. Se supone que esta era originariamente de tierra y sin gradas, con los espectadores de pie sobre el césped.

Pero ya en la época clásica, cuando fue usado para las Panateneas, fiestas religioso-deportivas dedicadas a Atenea, la diosa protectora de la ciudad, aparece con asientos de madera que muy pronto se reconstruyeron y ampliaron en mármol en sucesivas ocasiones, hasta la reconstrucción total y definitiva para los primeros Juegos Olímpicos, en 1896, que le dio el precioso aspecto actual: un amplio escalonamiento de gradas blancas sobre la pista de calles negras, enmarcado todo por el verde del alto pinar que lo rodea. Y animado en esta ocasión por un público que entra y sale, incesante, y va llenando su aforo para recibir a los miles de fatigados corredores que hacen su entrada triunfal.
Arco-Adriano-atenas

Hoy vamos a dar un céntrico paseo por la ciudad moderna, siempre de sur a norte. Y comenzamos precisamente muy cerca, en una Atenas aún romana. Aquí, a la derecha del estadio, estaba una de las puertas de entrada a la ciudad antigua, la de Teseo, mirando a la Acrópolis. Cuando llegaron los romanos, allá por la segunda centuria de nuestra era, el emperador Adriano quiso dejarlo claro construyendo en el mismo lugar una puerta monumental en mármol. Es la conocida como Arco de Adriano, un sólido arco de medio punto sobre el que se levanta un triple pórtico de columnas, todo ello rematado en arquitrabe y frontón triangular.

Pero el césar hispano no se conformó con eso, quiso homenajear al dios padre Zeus (Júpiter para él) y al tiempo a sí mismo, y para ello hizo rematar la construcción de un santuario de inspiración megalómana que había comenzado la friolera de ocho siglos antes: el templo de Zeus Olímpico. De esa obra faraónica con dimensiones de campo de fútbol, el mayor templo griego de su época, tan solo queda un pequeño grupo de gigantescas columnas y otras dos sueltas, símbolo de la fugacidad del poder humano. Cruzando la calle, hacia arriba, entramos en los Jardines Nacionales, que fueron reales y palaciegos hasta que en los años veinte del siglo pasado se abrieron a la ciudad como parque público.

Jardines-Zappeion

Hoy es una amplia zona verde en pleno centro, un jardín boscoso lleno de plantas, parterres, animales, ruinas arqueológicas, estanques, fuentes, estatuas, juegos; una isla de paz donde los atenienses disfrutan del ocio festivo por sus calles, senderos y plazas, relajándose, paseando o haciendo deporte. Nos recibe, dentro, el primero de los monumentos neoclásicos que completarán nuestra caminata; junto con los tres últimos, es obra de los hermanos Hansen, arquitectos daneses del siglo XIX.


Se trata del Zappeion, enorme y amarillo, con una gran plaza exterior y un precioso atrio circular porticado de columnas blancas de mármol que brillan sobre un fondo de paredes rojizas alrededor de un logrado centro floral. Construido para los primeros Juegos modernos, se usa ahora como centro multiusos de convenciones y congresos donde se celebran eventos y ceremonias de cierta relevancia social y política.

Detrás, en el fondo izquierdo, alcanzamos el antiguo Palacio Real, actual sede del Parlamento republicano griego, diseñado por un arquitecto alemán, edificio elevado, grande y austero de numerosos ventanales, sobre el que ondea orgullosa la bandera blanquiazul y en cuya plaza de la Constitución, la Syntagma, lugar emblemático en la política moderna del país y disputada a diario por turistas y palomas, los soldados vestidos a la antigua usanza, los évzones, escenifican el popular cambio de guardia (el domingo, precisamente, pudimos disfrutar de su original puesta en escena, la más completa de la semana). Palacio y plaza forman el núcleo físico y simbólico de la ciudad nueva.

Syntagmaparlamento-atenas

Siguiendo la avenida principal, y justo al lado de la estación de metro de Panepistimiou, no muy lejana, se abre un espacio arquitectónico que, a pesar de su modernidad y su impecable estado, nos retrotrae al período clásico ateniense. Tres elegantes edificios decimonónicos de líneas clasicistas, casi pegados, de sobradas dimensiones y frente ajardinado, diseñados por los citados arquitectos daneses, forman un espectacular conjunto que llama la atención a primera vista.  El primero que topamos es la Academia Nacional de Grecia, de inspiración platónica (amén del nombre, una estatua sedente del filósofo clásico la preside, junto con las de los otros dos grandes pensadores, su maestro Sócrates y su epígono Aristóteles), el mayor centro de estudio e investigación del país, que aúna el conocimiento científico con las Letras, las Artes y la Política. Un cuerpo central porticado por estilizadas columnas jónicas que soportan un frontón de ricos relieves, con dos laterales muy cerrados, todo bien escoltado por dos altas columnas aisladas al frente: sobre la primera la escultura de la Atenea guerrera, pertrechada de casco, lanza y escudo; la de Apolo en la segunda, con su lira musical en ristre; y un interior de pinturas y maderas nobles.

academia-atenas

A continuación, el edificio del viejo campus de la Universidad de Atenas, mucho menos ambicioso, que nos recibe con su friso interior pintado tras las columnas del vestíbulo que mira a un exterior de fuentes y estatuas. La Biblioteca Nacional de Atenas, el último de este impresionante trío neoclásico, presenta un diseño similar al del primero, un edificio central de elegante fachada y dos alas laterales menos llamativas, donde destaca sobre todo la rica filigrana de la doble y monumental escalinata renacentista en curva.

biblioteca-Atenas

Después de reponer energías y darnos un merecido descanso, nos vamos a conocer la mejor colección de antigüedades del país: el Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Situado al norte de la ciudad (vecino de la Universidad Politécnica, donde la dura represión de los Coroneles provocó una matanza de estudiantes en los primeros años 70 del siglo pasado), en un enorme edificio neoclásico coronado por grandes esculturas doradas, exhibe principalmente hallazgos de los yacimientos arqueológicos del continente y las islas, desde los orígenes más oscuros, pasando por las civilizaciones antiguas y la época clásica de mayor esplendor, hasta los tiempos de Roma y Bizancio, con preferencia por la escultura, la cerámica y los metales preciosos. La visita se hace larga pero merece la entrada y mucho más.

Ahora, con las primeras luces nocturnas, toca otra cosa: meterse de lleno en el ambiente callejero de la ciudad. Descartamos Plaka, a los pies de la Acrópolis, y Monastiraki, cercana al ágora y al Foro romano, las dos zonas más turísticas, que ya conocemos, y nos acercamos a Psiri, un poco más al noroeste, barrio recuperado más tardíamente pero hoy con mucha vida comercial y mucha marcha. Calles y plazas concurridas, con una luz que brilla de manera especial en una ciudad escasamente iluminada, tiendas, chiringuitos, bares, cafetones, restaurantes, terrazas, vinos, copas, música, locales grandes y pequeños, para todos los gustos y colores.

restaurante-psiri calle-Psiri-atenas

A final, tras un breve tanteo entre semejante oferta, acabamos acertando con uno, quizá atraídos por los acordes que del interior salían a la calle: el Psiri Green House, en la calle Eschilou (Aisghyloy), 14-16. Al lado de una placita con mucho ajetreo, es un local amplio y animado, altos techos, suelo de viejos mosaicos y acertada decoración, donde uno puede elegir entre mythos y alpha o cualquier otra cerveza del país, comer bien por un precio moderado y disfrutar de música local en vivo y en directo. Los cocinillas y aficionados al buen yantar pueden aprovechar, saliendo a la derecha (calle A. Dimitriou), para visitar el Museo de Gastronomía Griega. Buen provecho.

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About Author

Santiago

Santi Somoza, de estirpe asturiana en la desembocadura del Eo, allí donde ástures y galaicos se dan la mano, aferrado siempre a su clan galego-forneiro, hipermétrope enjuto, jubiloso jubilado, maestro de nada y aprendiz de todo, pacífico y socarrón, descreído, escéptico, indignado, viajero letraherido y maratoniano corredor de fondo, ave nocturna y perpetrador de tangos, amigo de sus amigos, amante del buen vino y la poesía y, por encima de todo, de sus tres queridísimas mujeres. View all posts by Santiago →

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