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El Menor, un mar dentro del mar

Santiago 16 mayo, 2016

En la costa de la Región de Murcia, entre el sureño Cabo de Palos y la frontera con la provincia de Alicante, existe un mar interior, separado del mar Mediterráneo pero comunicado con él por algunos canales de paso. Es el Mar Menor, albufera de gran valor ecológico y medioambiental que ha ido cediendo en beneficio del enorme impacto turístico de las últimas décadas, convirtiéndose en una zona residencial y vacacional de primera fila. Este gran lago salobre se ha ido formando, principalmente y a lo largo del tiempo, por el arrastre y la acumulación de materiales aportados desde la desembocadura del río Segura (en la alicantina Guardamar, algo más al norte), con la colaboración de las corrientes marinas y del poco profundo fondo volcánico.

Los depósitos así creados fueron formando el estrecho brazo de tierra que hoy se conoce como La Manga y que corta el horizonte en paralelo a la costa, cerrando lo que antes no era más que una abierta bahía y convirtiéndola en ese pequeño mar dentro del mar.

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El conjunto de preciados ecosistemas que forman el Mar Menor se ha ido degradando con el tiempo por la contaminación de las aguas residuales, las especies invasoras y el proceso de urbanización galopante de los últimos decenios, a pesar de su gran capacidad de regeneración y las medidas protectoras. Y convirtiendo, gracias a su clima y a su naturaleza, en el centro de una comarca murciana que atrae a un gran número de visitantes y de residentes estacionales, muchos de ellos extranjeros, atraídos por sus playas y sus variados atractivos turísticos. También nosotros, que nos aprovechamos para disfrutar de sus rincones en esta casi veraniega mañana de incipiente otoño, cielo azul y temperatura más que agradable.

Estamos en Lo Pagán, justo al pie del molino salinero que marca el inicio del paseo de la Puntica, un larguísimo espigón urbanizado que corta el lago en perfecta línea recta hacia el horizonte no muy lejano de La Manga.

Lopagan

Caminantes, corredores y ciclistas van y vienen a lo largo de esta vía peatonal entre aguas, asfaltada primero y luego de tierra, que termina en otro molino hermano y sirve de mirador privilegiado de todo el paisaje costero: puerto y lonja, paseo marítimo, playa, palmeral, salinas de San Pedro del Pinatar, ya explotadas por los fenicios, y las populares charcas, donde los bañistas pueden practicar sesiones de lodoterapia al aire libre embadurnando su cuerpo con el barro natural de la zona para aprovechar sus poderes preventivos y curativos, alternándolas con baños de yodo en el agua salada. Y, cómo no, de las tranquilas aguas de la albufera, de sus puertas al mar, de sus islotes y de los pequeños pueblos que la jalonan hacia el sur, más o menos próximos, más o menos difuminados, cantados que fueron por el poeta de la tierra: Blanco sobre azul añil, / pueblecitos de la mar.

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Los versos nos empujan hacia el sur, siempre pegados a las aguas del mar pequeño.  La hora del aperitivo nos coge en San Javier, en una de las terrazas del moderno paseo marítimo de Santiago de la Ribera, con su club náutico y sus viejos balnearios. A la sombra de las altas palmeras, entre la playa y la ancha acera de la avenida, donde se alternan viejas casonas y modernos chalés con edificios de apartamentos turísticos, sentados cómodamente, en medio de un ambiente dominical festivo, vemos pasar ante nuestras narices a los esforzados participantes de una carrera popular, concentrados y sudorosos.


Es muy probable que, en este preciso momento, ellos envidien nuestra confortable situación y a la par renieguen de su esfuerzo; es seguro, sin embargo, que los envidiamos en el fondo y que somos nosotros los que agradeceríamos estar en su lugar. Más tarde, nos enteramos de que les han abierto, para correr, un buen tramo de la zona militar que ocupa la Academia General del Aire, con sus amplias calles trazadas a cordel, sus instalaciones aéreas y académicas y sus pistas de aterrizaje compartidas con el aeropuerto regional; y nosotros sin poder visitarla, pues no es de acceso público. Habrá que entrenar para la próxima.

Continuamos hacia el sur, en dirección a Cartagena, hasta las inmediaciones del cabo, para visitar la Manga del Mar Menor. Fue a principios de los años 60 del siglo pasado, coincidiendo con el arranque del turismo en España, cuando un empresario y promotor inmobiliario murciano compró la angosta franja de tierra que cierra la albufera con la idea de destinarla a gigantesco solar edificable. La realidad acabó superando al ambicioso proyecto y aquel yermo baldío se fue convirtiendo en lo que es hoy: un complejo turístico de primer orden, masificado y concurrido, una auténtica ciudad de vacaciones donde ya no cabe ni una aguja.

Hasta entonces había sido un espacio natural purísimo, de salinas y dunas, primero arbolado de pinos y enebros, luego tomado por el matorral, refugio de variada fauna terrestre y marina; del viejo esplendor se han librado pequeñas zonas protegidas: al sur, en los dominios del cabo, las Salinas de Marchamalo, paraíso rosáceo de flamencos, y la playa de Las Amoladeras, rico ecosistema dunar; al norte, las Encañizadas (nombre tomado del antiguo arte de pesca local que utiliza trampas de caña para retener a los peces), marismas de pesca y paso entre los dos mares, que miran a los Arenales y Salinas de San Pedro del Pinatar, el humedal de sal, lodos y playas del que hemos partido.

Volley time! #sport #beach #weekend #FreeTime #travel #trips #picoftheday #instatravel #viajes #playita #verano #sumer #VIda !! Una foto publicada por Mundo Turístico (@mundoturisticoblog) el

La Manga se compone en realidad de una sola calle, la Gran Vía, larguísima avenida encajada entre hoteles, bloques residenciales privados, bares, restaurantes, centros comerciales y locales de todo tipo, sin solución de continuidad, que dan paso a las playas y las aguas del mar cerrado, la albufera salpicada de islotes, al oeste, y del mar abierto, el Mediterráneo, al otro lado. Hacemos un recorrido de ida y vuelta con breves paradas y, para despedirnos, nos refrescamos en el ZM, restaurante y bar nocturno de acogedora terraza playera, pegado a la carretera y a pie de lago.

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Foto de Lo Pagán: Alexandre López

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About Author

Santiago

Santi Somoza, de estirpe asturiana en la desembocadura del Eo, allí donde ástures y galaicos se dan la mano, aferrado siempre a su clan galego-forneiro, hipermétrope enjuto, jubiloso jubilado, maestro de nada y aprendiz de todo, pacífico y socarrón, descreído, escéptico, indignado, viajero letraherido y maratoniano corredor de fondo, ave nocturna y perpetrador de tangos, amigo de sus amigos, amante del buen vino y la poesía y, por encima de todo, de sus tres queridísimas mujeres.

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