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Jodhpur, azules en el desierto

Santiago 3 enero, 2018

Conocida como la “ciudad azul”, en realidad solo lo es uno de sus barrios, donde tradicionalmente vivían los ciudadanos de la casta principal, los sacerdotes o brahamanes; también ha sido llamada “la ciudad del sol”, aunque esto puede compartirlo con otras vecinas: porque fue fundada y gobernada por una dinastía solar y porque aquí, en el Estado de Rajastán, la luz del sol aprieta de lo lindo. Jodhpur es una ciudad más bien blanca y arenosa, con un millón largo de habitantes, situada sobre una colina en el desierto del Thar. En estas líneas os recomendaremos qué ver y qué hacer en esta amable ciudad.

Tuvo su apogeo en plena Ruta de la Seda, cuando las caravanas de camellos cargadas de valiosos productos le aportaban una rica vida comercial. A base de interesadas alianzas, sus reyes, pragmáticos guerreros de clanes raiputs, mantuvieron siempre una cierta autonomía respecto al poder, fuese local, musulmán o británico, por lo que gozaron de una posición que han sabido rentabilizar hasta hoy. 

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El Fuerte Mehrangar

Lo primero que llama la atención al viajero es la gigantesca silueta del castillo-fortaleza que domina todo el caserío; como también la llama el paisaje rocoso de grandes piedras rojizas sobre el que se asienta, que jalona la carretera de subida. La entrada al Mehrangarh Fort, la fortificada residencia real del siglo XV, es una pendiente de piedra entre altísimos muros ciclópeos clavados en la roca, de unas dimensiones que asustan. En el pasadizo de acceso, en defensiva curva, nos recibe una familia de músicos tradicionales, seguramente intocables. En la pared, un mural de huellas femeninas recuerda el trágico ritual del sati: cuando moría el marido, la viuda se inmolaba con él en las llamas de la propia pira. Bandadas de golondrinas anidan en las inaccesibles paredes, lo mismo que cientos de murciélagos en las oquedades oscuras, llenando estos el aire con su irrespirable hedor.

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Dentro ya del recinto, visitamos el museo-exposición de objetos pertenecientes a las familias principescas que lo habitaron: armas, palanquines, cunas, cuadros, instrumentos musicales, ropajes, artesanía diversa. Desde el magnífico patio interior, las paredes de arenisca, de un tono rojizo amarronado, parecen de madera trabajada hasta la filigrana. El arte local se alterna con el islámico, en diferentes alturas, como si se tratara de una competición de expertos escultores. Arcos, balconadas, galerías, ventanales, vidrieras, columnas, cenefas, tallas y formas diversas adornan todas las fachadas.

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Arriba, tras sufrir la fuerte pendiente y los altos peldaños de las escaleras, se entra en las estancias reales, desplegadas alrededor de otros patios interiores y diferenciadas claramente en dos zonas separadas. La de los hombres, donde el rey celebraba sus audiencias, recepciones y festividades, con sus salas del trono, de las flores o de los espejos, amén de las habitaciones y comedores privados; la de las mujeres, con las cunas de los infantes y sus tocadores, las ventanas cerradas con artística celosía para que no pudieran participar plenamente del mundo exterior.

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Las fiestas del rey, por un lado, y las de la reina, por el suyo, eran exclusivas de cada sexo, por lo visto, nada de mezclas. El recorrido por los diferentes rincones ofrece estupendos miradores con magníficas panorámicas sobre la ciudad, justo debajo, con el barrio azul y el casco antiguo, ambos en primer plano.

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Finalmente, a la salida, acabas en la tienda, exclusiva para el turista o los indígenas ricos, pues tanto la calidad del género (ropa, perfumes, regalos) como los precios son de nivel europeo. Gracias que al final permiten un nutrido mercadillo indígena con interesantes ofertas, especialmente en piel y calzado. Buena hora: esto estaba tranquilo, pero ya se está llenando de gente. Abajo, extramuros, descubrimos una zona verde residencial, con algunos chalés aún en construcción, viviendas de lujo para cortesanos y altos cargos al amparo del castillo. A grandes fuertes, fuertes contrastes.

Muerte: Jaswant Thada

A finales del XIX, murió el príncipe más querido en Jodhpur. Como era de rigor entre los nobles indios, se levantó en su memoria un monumento, en un lugar no alejado del fuerte, verdadero palacio que le sirve de singular cenotafio. El Jaswant Thada, que ha sido comparado con excesivo entusiasmo al Taj Mahal de Agra, no deja de ser una preciosa construcción en mármol blanco que se erige sobre una verde colina ajardinada, con cenadores, flores y acogedores paseos. En su interior, diáfano, sencillo, solo cuadros y pinturas de los personajes de la familia real, un salón principesco y altas vidrieras rinden homenaje al marajá. Un aburrido guardia, de blanco y turbante colorista, vigila hoy el edificio. Desde fuera, cúpula, pilares, celosías, esculturas, escalinatas.

Jaswant-Thada2 Jaswant-Thada1 Por detrás, amplia terraza con vistas a un fondo de murallas, rocas y verde, que mira al lago artificial del recinto, donde en estos momentos dos vacas beben a la orilla sin preocuparse de los patos que surcan el agua. Por delante, enfrente, al otro lado del jardín y a un nivel más bajo, podemos contemplar los chattis o Cenotafios Reales, un conjunto de construcciones funerarias vacías, a modo de escultóricos pabellones abiertos y techados, que los hinduistas, que no entierran a sus muertos sino que los queman y arrojan sus cenizas al río Ganges, levantaban a sus familiares fallecidos. En épocas anteriores lo hacían algo más lejos, en los llamados Jardines de Mandore, un interesante camposanto de este tipo que se puede ver, también, al norte de la ciudad, conjunto de bellos panteones bien custodiados por una numerosa colonia de fotográficos monos. La música de un sitar callejero nos despide a la salida. 

Chalecito: Umaid Bhawan

El último marajá de la familia real de Jodhpur, a principios del siglo XX, sobrado de pasta, orgullo y afán constructivo, no se sabe si confiado en que sus privilegios bajo el poder británico durarían siempre o como inversión de futuro ante la incertidumbre de los amenazantes aires independentistas, se cansó de vivir en el Fuerte, le quedaría pequeño, y se regaló el capricho de mudarse construyendo una humilde casita con varios cientos de habitaciones, el Umaid Bhawan o palacio real, sin duda una de las viviendas privadas más grandes del mundo. Sus herederos siguen viviendo en ella pero, adaptados a los tiempos, ocupan una parte y dedican el resto al negocio turístico.

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Aislado en una céntrica zona verde, amplia, arbolada, impoluta, llama la atención con sus dimensiones, una mole de cúpula y torres en arenisca clara. Inspirado en la arquitectura europea de la época, poco tiene que ver con el arte indio tradicional. Además del hotel de lujo, que no es para nosotros, alberga una exposición sobre sus últimas familias reales, de escaso interés: historia familiar, cuadros y esculturas, salones, maquetas del palacio, coches de lujo. Rentabilidad del antiguo esplendor.

Vida: Brahmapuri, ciudad vieja, lassi…

Y nos queda lo más importante, pisar calle. El Barrio Azul de Brahmapuri, asentamiento tradicional de la casta sacerdotal hoy más diversificado, es una zona de casas repintadas de azul, costumbre que se extendió en menor medida a otros barrios, que unos han visto como un recurso defensivo contra los peligrosos insectos del trópico y otros, más espirituales o menos pragmáticos, como un signo de veneración a Krishna, el dios de piel violácea. Sea como sea, le da un brillo de luminosa estampa al conjunto y no está de más un paseo tranquilo por sus callejas y rincones, donde se respira un aire más auténtico y familiar, con niños que juegan, vacas deambulando, olores fuertes y un ambiente de miradas cómplices que favorece la sensación de seguridad.

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La ciudad vieja, por su parte, amurallada y abierta por varias puertas en monumental arco de piedra, es un laberinto de calles, callejas y pasadizos repletos de vida y colorido que confluyen en el Sardar Baazar, el Mercado, dominado por la esbelta Torre del Reloj.

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Así que nos dejamos perder entre las tiendas de la plaza, por los callejones aledaños, entre la multitud y el barullo incesante de gentes, coches y animales, con los ojos saltando entre tanta oferta de formas, colores y desconocidos productos. Paseamos, miramos y hablamos lo que podemos. La mayoría quiere vendernos algo, como es lógico; alguno nos da la paliza, pocos y poca; otros solo aspiran a fotografiarse con nosotros, cosa hecha; todos muy amables y abiertos; y siempre surge alguna sorpresa: acabamos de descubrir, en pleno centro del mercado, el local con el mejor lassi del mundo, ese yogur indio refrescante y sabroso. Y una terraza preciosa  donde acabaremos degustando, más tarde, una kingfisher fría, la cerveza más popular.

jodhpurlassi-jodhpur Esta azoteas planas están siempre en lo alto de un hotel o restaurante y son la mejor opción aquí para comer o tomar algo al fresco, alejado del barullo, a la luz nocturna de las velas, mientras recreas la vista sobre los tejados de la ciudad y te llega por el aire la monocorde llamada de los alminares y el rumor de la calle. También nos sirve para enterarnos de una historia especial, de esas que te dejan con la boca abierta y te ayuda a ir comprendiendo mejor la mentalidad de este país, en el fondo no tan diferente al resto.

Milagro: Oom Banna 

Resulta que no muy lejos de aquí, en Pali, un motorista perdió la vida contra un árbol de la carretera en un accidente ocurrido en los años 90. Unos dicen que Om Shing era un eficiente policía sij del lugar y que el percance fue una venganza; otros, que no era más que un simple borrachín (por qué no ambas cosas: virtudes públicas, vicios privados). El caso es que, una vez enterrado el malogrado conductor y retirado su vehículo, ocurrió el prodigio: la moto, bien custodiada por la policía de turno, desaparecía del almacén oficial y reaparecía en el lugar de la tragedia, sin una explicación coherente. Así una y otra vez, increíble, asombroso, sobrenatural. La espiritualidad popular hizo el resto: ¡un milagro! Y allí mismo, al pie del árbol culpable, se construyó un pequeño altar, sobre él se colocó la moto en urna de cristal y el bueno del motorista quedó divinizado para siempre en lo que hoy, talado el criminal obstáculo, es ya un pequeño templo a pie de vía. El templo Oom Banna, en el que ahora nos encontramos nosotros, después de desviar un poco nuestra ruta para comprobar lo escuchado y rendirle homenaje al nuevo dios de las motocicletas, uno más entre millones, a ver si nos trae suerte con el tráfico, difícil y endiablado donde los haya.

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No es la hora del ritual, falta el sacerdote, pero en su lugar un trío de músicos entonan salmos mientras decenas de personas se postran alrededor de la urna, donde arde el fuego sagrado, humea el incienso, colorean prendas y pañuelos y se multiplican las ofrendas: flores, botellas de licor, material motero y otros objetos. Los principales dioses hindús se acompañan siempre de un “vehículo” zoomorfo que funciona como correo sagrado de las oraciones del creyente: el toro, la rata o el águila, por ejemplo, secundan a Shiva, Gadesha y Vishnu. Así que Bullet Baba, que así se le llama a este dios de las dos ruedas (y, por extensión, de todos los conductores, suponemos: el sancristóbal indio) no va a ser menos y también tiene el suyo, este sí un vehículo propiamente dicho, chasis, ruedas, manillar, motor y relucientes carenados: la dichosa motocicleta de marras, una flamante Royal Enfield Bullet, el popular modelo de fabricación nacional, ahora aparcada para siempre en este centro de peregrinos motorizados, de dos o más ruedas, que se detienen aquí constantemente para reverenciarlo y solicitarle su protección vial. Éramos pocos y parió la abuela. (Digresión por curiosa coincidencia: una noticia reciente informa de que en la India – dónde, sino – 58 militares han recorrido un kilómetro montando todos juntos una sola motocicleta en marcha, nuevo récord Guinnes; se destaca que la moto era …¡una Royal Enfield de 500 cc!).  

Lección

De camino nos surge otra novedad, esta vez en forma de inesperado susto. Nos encontramos con una larga y vistosa caravana de camellos engalanados, con unas sillas preciosas. Sus acompañantes, a pie, van también de punta en blanco, ellos con sus bombachos, camisolas y turbantes, ellas con sus elegantes saris, todo de llamativos colores, y adornados con gran despliegue de collares, pendientes, brazaletes y pulseras, qué guapos. El problema surge cuando paramos y nos disponemos a inmortalizarlos con nuestras cámaras. En ese momento se encaran con nosotros al grito de ¡no fotos! y nos exigen pagarles por ello, amenazando con quitárnoslas. Como nuestro acompañante es indio de apariencia respetable y ellos se saben nómadas sin casta, con todas las de perder, se baten en retirada y nos dejan tranquilos. Aviso a caminantes, para no caer en situaciones similares sin guardaespaldas que se precie: guardar prudente distancia, poner la mejor cara, pedir permiso, regatear antes, disculparse siempre, intentar razonar sin violencia y, solo en última instancia, llamar a la policía. Experiencia aleccionadora, aunque solo sea como escarmiento para no repetir. Feliz viaje.

Datos prácticos en Jodhpur

*Alojamiento. Nuestro hotel en la ciudad fue el Kuchaman Haveli, toda una delicia. Además de ser un edificio histórico perfectamente conservado y que parece una visita turística en sí misma, tiene todos los servicios necesarios para que la estancia sea perfecta, incluida una terraza con comida genial y unas vistas impresionantes, así como una piscina ideal para soportar algunas de calor infernal. Recomendadísimo. Perfecto también si no te alojas y quieres ir allí a comer. Está a un corto paseo de la torre del reloj de la ciudad.

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*Cómo moverse o conocer la ciudad. Nosotros llegamos hasta Jodhpur y seguiríamos con nuestro conductor contratado para todo el viaje, lo que ya hemos recomendado y volvemos a hacer ahora. Se trata de una agencia, Shyam Tours, que ofrece servicio de transporte y guías en cada ciudad, todo a petición del cliente y cuya gestión se hace en castellano. Podéis contactar con ellos en el email msshayam93@gmail.com.

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*Viaje a India. Esta fue nuestra cuarta parada de viaje, tras Ankleshwar, Udaipur y Mount Abu; periplo que se extendería por 25 días. India es un país maravilloso que aunque puede resultar difícil en ocasiones, es tremendamente interesante. Os invitamos también a leer nuestras primeras impresiones en el país o por qué India no es un viaje más.

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About Author

Santiago

Santi Somoza, de estirpe asturiana en la desembocadura del Eo, allí donde ástures y galaicos se dan la mano, aferrado siempre a su clan galego-forneiro, hipermétrope enjuto, jubiloso jubilado, maestro de nada y aprendiz de todo, pacífico y socarrón, descreído, escéptico, indignado, viajero letraherido y maratoniano corredor de fondo, ave nocturna y perpetrador de tangos, amigo de sus amigos, amante del buen vino y la poesía y, por encima de todo, de sus tres queridísimas mujeres. View all posts by Santiago →

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