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La Capadocia: Viaje al centro de la Tierra

30 may

capadocia

Hay viajes para todos los gustos. Tantos como tipos de viajeros: unos buscan el mar, otros la montaña; estos el campo, aquellos la ciudad; quien un paisaje, quien una aventura. Pero, a la hora de conocer el mundo, son pocos los que piensan en viajar al subsuelo. No nos referimos, no, a recorrer un alcantarillado urbano o a bajar a las instalaciones de un pozo minero, ni mucho menos a hacer realidad el fantástico periplo de los personajes de Verne al centro del planeta. Pero sí a algo tan real como lo primero y casi tan exótico y asombroso como lo segundo.

La región histórica de Capadocia, en la Anatolia turca, conocida en todo el mundo por su paisaje volcánico de crestas basálticas, horadado y poblado de casas, cuevas, iglesias, monasterios y fortalezas, donde la erosión ha esculpido un relieve de cuento de hadas, una fantasía de formas caprichosas, encierra un misterioso tesoro, que sorprende y seduce al más pintado y hoy se ofrece al visitante ávido de novedades, al viajero dispuesto a recorrer las profundidades de la Tierra, a disfrutar de un auténtico y singular viaje subterráneo.

Todo empezó hace poco más de medio siglo, cuando un lugareño que hacía obras en su propio domicilio, una de las numerosas casas troglodíticas de la zona, se topó casualmente al otro lado del tabique con una dependencia desconocida que se abría sucesivamente a otras muchas sin solución de continuidad. Acababa de descubrir la ciudad subterránea de Derinkuyu (“pozo profundo”), una de las muchas que se esconden bajo el suelo de toba volcánica, una roca muy blanda, fácil de excavar, pero firme y duradera. Una pera en dulce para los arqueólogos, que aún siguen estudiando el enigma de este dédalo secreto y que han acondicionado y abierto al público una pequeña parte del fabuloso hallazgo.

Un oscuro mundo suburbano de galerías, pasadizos, pasillos, salas, escaleras, columnas, pozos, chimeneas, nichos, huecos, corredores, habitáculos; donde convivían varios miles de personas con enseres y animales, agua y alimentos, cocinas, comedores, hornos, establos, talleres, tiendas, lugares de culto, bares, escuelas, lagares, almazaras, bodegas, almacenes; y todo a una profundidad que podría sobrepasar los ochenta metros, con más de veinte niveles diferenciados, una verdadera obra de ingeniería.

Por si eso fuera poco, la ciudad contaba con suministro de agua de la capa freática, un sistema de ventilación que servía, además, como medio de comunicación sonora y una ingeniosa seguridad a prueba de ataques exteriores basada en tres pilares: accesos limitados, gigantescas puertas móviles macizas a modo de grandes piedras de molino y estratégicos puntos secretos de defensa y huida. Y, aun más, estaba comunicada con las demás ciudades por largos y profundos túneles (como el de varios kilómetros de longitud que la une a la vecina ciudad subterránea de Kaymaklı, también abierta al turismo actual), conformando en conjunto un colosal hormiguero humano con una población calculada en un millón y medio de habitantes.

El origen de la Capadocia

Al margen de elucubraciones esotéricas que las relacionan con vida extra o intraterrestre, con viajes astrales a otras dimensiones, con el ocultismo de gnósticos y caballeros templarios, el origen de estas arcanas ciudades se pierde en la noche de los tiempos. Sí se sabe, empero, que han sido utilizadas a lo largo de la historia, desde al menos el tiempo de los lejanos hititas hasta la Edad Media, cuando los cristianos bizantinos se refugiaban del dominio musulmán.

Sea como fuere, ahí están los interrogantes: ¿quién, para qué y con qué medios excavó este descomunal, impenetrable y recóndito laberinto en las entrañas de un territorio que siempre ha sido cruce de caminos, crisol de civilizaciones, ruta comercial obligada, puente entre oriente y occidente y codiciado botín? No podemos saberlo, al menos de momento, pero sí podemos aprovechar la oportunidad de un viaje a Turquía, uno de los países más interesantes del mundo, para acercarnos hasta la céntrica ciudad de Nevşehir, desde donde, en menos de una hora de carretera, alcanzaremos ese punto mágico que nos llevará al centro de la Tierra.

Si fuera es un espectacular museo al aire libre, dentro es una inesperada y laboriosa guarida humana, un búnker inexplicable y completísimo, un enigma mineral y reservado que se extiende sin fin. Y que allí nos espera. Con luz eléctrica y total seguridad, eso sí. Claustrofóbicos, abstenerse.

Autor: Santiago Somoza

Imagen: Flickr

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