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Marrakech (II y III): Visita al “desierto” de Zagora

Irene 7 mayo, 2014

Todo el mundo sabe que una de las mejores experiencias de un viaje a Marruecos es ir a la zona del desierto. Yo tenía referencias virtuales de Aniko, una conocida bloguera argentina, que había pasado dos meses recorriendo el país africano y recomendaba sin dudar viajar a la zona desértica del país. Por eso, mi intención de ir a toda costa. El problema fue que teníamos cinco días en Marrakech y teniendo en cuenta que queríamos también conocer la ciudad –yo no había estado antes en este país- elegimos un tour de dos días completos que nos llevara al desierto, concretamente a Zagora (si se puede llamar desierto, ya que es una zona donde empieza a haber arena y dunas pero sigue habiendo piedras y ves perfectamente la carretera). Además de que no nos gustó el “desierto”, tampoco nos gustó el trato que daban a los dromedarios y esto influyó finalmente para que se nos quedara un raro sabor de boca.

Yo llegué a sentirme más turista –en el sentido negativo del término- que nunca, sintiendo rabia e impotencia porque me vendieran de mala manera una experiencia en un país (el tour era de Hostelsclub, por si os da por buscar referencias). Aún así hubo cosas que se salvaron; siempre las hay. No obstante, no recomendaría ir a este desierto, sino al de Merzouga, pues aunque lleva más tiempo, es mucho más auténtico. Vamos, es el desierto de verdad. No obstante, lo que se suele hacer allí es lo mismo y leer este artículo vendrá muy bien para conocer lo que allí nos vamos a encontrar.

Ahora viéndolo con perspectiva, quizás lo vea más claro: me equivoqué. Quizás el problema fuera que por intentar ahorrar dinero eligiéramos un tour no muy recomendable, aunque bastante dinero era para los precios que se manejan en el país (50 euros por cabeza). Con todo ello, lo que recomiendo es que se tomen referencias del tour que se contrate para ir. Nuestro conductor era muy borde y parecía como si las visitamos que hiciéramos no fueran con él; como si fuera un simple chofer. Para eso, hubiera ido por mi cuenta (¡ojalá hubiera tenido tiempo para ello!)-.

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El paseo en autobús mereció la pena, pues durante las siete horas de trayecto se observan preciosos paisajes, que van desde altas montañas y profundos valles; desde zonas de frondosa naturaleza con palmeras y riachuelo hasta zonas secas con pueblos humildes hechos de adobe, que me dieron una idea de cómo se vive fuera de Marrakech. Cosas que de otra manera seguramente no se podrían ver y que a pesar de todo, me llevaré para siempre.

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Nuestra primera parada fue la Kasbah Ait Benhaddo, un antiguo pueblo hecho de adobe que está situado en un enclave muy especial: una colina, pero con vegetación en la parte inferior, donde pasa un pequeño río que hay que cruzar pisando sobre bolsas situadas para ello. Su carta de presentación es importante: allí se rodaron aclamadas películas como Gladiator (fotos de Rusell Crowe descoloradas lo atestiguan) y alguna temporada de Juego de Tronos. Además de ser muy bonito, las vistas que se logran desde lo alto, con la Cordillera del Atlas al fondo, son muy chulas. Por los materiales de los que están construidas, las Kabbah se encuentran generalmente muy deterioradas, pero gracias a los fondos de la UNESCO, ya que son Patrimonio de la Humanidad, esta es una de las que cuenta con el privilegio de estar siendo restaurada.

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Aunque hicimos una parada muy breve (no entendimos la razón de que la parada fuera tan corta, seguramente si siquiera estuviera todo cerrado), Ouarzazate nos pareció, a lo lejos, un pueblo/villa bonito. Nos pararon en la ubicación de un Museo del Cine que hay y una Kabbah, que nos imaginábamos muy parecida a la anterior. Ante tal escasez de tiempo y enfado ante tal desorganización, decidimos tomar algo una terraza de una bar de la zona, el único lugar donde parecía que hallábamos descanso a nuestros pequeñas rabietas.

Dormir en haimas en el desierto

Llegamos a Zagora al atardecer, desde donde montamos los dromedarios y partimos hacia la zona de las haimas. En mi cabeza siempre había estado el dormir en haimas en el desierto como algo que tenía que hacer a lo largo de mí vida en al menos una ocasión. Y bueno, quizás me lo imaginaba de otra manera. Para empezar porque no hacía calor en esa época del año. En el desierto puede hacer también mucho frío. Y porque las haimas son verdaderas tiendas de campaña a lo grande y no mucho más simples (normal, se congelaría uno de frío). A pesar de que el momento tenía todo lo necesario para ser único –paseábamos tranquilos y a la luz de la luna en un lugar con encanto- fue todo lo contrario.

Los dromedarios estaban en un estado bastante poco saludable, alguno incluso se quejaba y parecía querer rebelarse contra el trato que recibía y los chicos que nos acompañaban, aunque hacían ligeros esfuerzos por ser relativamente agradables, nos trataban como los cientos de turistas que pasaran por allí a diario; imagino. Algo así como “tontitos”, ricos o… extranjeros. Lo que está claro es que yo no me había sentido tan “turista” nunca, en el peor sentido de la palabra. En la ida estuvimos en el dromedario una hora y media, y si bien también reímos y nos gustó el paisaje, además de lo incómodo, el momento carecía de la magia que esperábamos.

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Al llegar al campamento, tras descansar un rato, cenamos con los bereberes y pudimos charlar un poco con ellos, aunque sin mucha sorpresa, ya que nos contaron que vivían en Zagora y que no había mujeres en el trabajo, además de presumir de ser excelentes cocineros. Después tuvimos una pequeña fiesta, en la que se esmeraron un poco más tocando los timbales e intentando agradar con las letras, que aludían a cada uno de nuestros nombres. Uno de ellos incluso estuvo un rato más con mi grupo de amigas, contándonos “chistes” (en realidad acertijos) que la verdad no tenían mucha gracia.

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Dormimos y nos levantamos pronto para ver el final del amanecer. Como nos imaginábamos en el lugar no había demasiadas dunas y volvimos a presenciar una escena que no nos gustó con un dromedario: uno de ellos, que tenía la rodilla atada para que no se escapara y solo podía caminar a la pata coja, lo hizo hasta donde estábamos, hasta que al final descartó seguir su aventura y volvió con el grupo. La imagen era un poco triste. Disfrutamos de un rico desayuno y volvimos hacia la carretera, donde esta extraña aventura tocaría a su fin. Aún tuvieron tiempo los chicos que nos acompañaban para hacernos una foto de grupo y pedirnos una propina por ella, para rematar la despedida y dejarnos un agrio sabor de boca.

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Y otra vez un largo día en autobús, aunque divisando bonitos paisajes. ¿Quién nos iba a decir un día antes que íbamos a tener tantas ganas de volver a Marrakech? Y la verdad es que a partir de la vuelta, ya nada fue igual. Habíamos aprendido a tratar con los marroquís y ahora pudimos disfrutar de la ciudad desde otro punto de vista. Nos acercamos a un restaurante del que habíamos oído hablar, Pepe Nero, pues estábamos deseando comer comida distinta, ya que la comida del lugar siempre lleva los cuatro mismos ingredientes. Pero no pudimos porque el sitio estaba lleno, aunque reservamos para el día siguiente. Comimos unas pizzas en otro de las callejuelas de la Medina –que estaban buenísimas y llevaban un toque local que las hacía muy especiales- y volvimos a casa porque los dueños del hotel nos habían conseguido unas cervezas. Allí pasamos revista a los últimos acontecimientos, intentando minimizar los malos momentos y coger fuerzas para pasar un día de compras y despidiéndonos de la ciudad.

Si queréis conocer qué hicimos el primer día en la ciudad, podéis leer: Nuestro primer contacto con la Medina de Marrakech.

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Irene

Periodista desde 2008. Bloguera de viajes y Community Manager desde 2010. Viajo cuando puedo; el resto del año trabajo, salgo a correr, leo, disfruto de mi ciudad y mi gente y veo pelis View all posts by Irene →

Comments (2)

  1. Me parece muy honesto no esconder lo “menos bueno” del viaje y contar todo tal y como se vivió, creo que ayuda mucho a los que aún no conocemos estos lugares. Gracias.

  2. ¡Gracias por entenderlo Santi!

    soy la primera a la que le hubiera gustado que fuera de otra manera, pero bueno, por eso, me encantaría volver al desierto, pero esta vez de verdad y por mi cuenta.

    ¡Saludos!

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