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Boston de mar y río

Santiago 5 septiembre, 2016

El litoral costero de Boston es amplio y variado, desde el fluvial de su principal río, el Charles, y de los ríos Mystic (el Mystic River de la oscarizada película de Clint Eastwood) y Chelsea, que lo limitan por el norte, y el Neponset, por el sur, hasta el insular de las pequeñas islas de su ensenada, pasando por el más céntrico e importante: la costa marina de su amplia bahía. Este último ofrece, como antesala de los grandes rascacielos y edificios que conforman su más conocido perfil urbano, un moderno y cuidado paseo marítimo muy recomendable, larguísima senda peatonal a pie de agua que permite al viandante disfrutar de unas vistas espectaculares mientras recorre parques, jardines, muelles, puentes y preciosos miradores.

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El paseo ideal puede comenzar en la South Station, la estación sureña de metro y tren, cuya rica arquitectura ya merece una visita por sí sola. Dejando atrás los altos y modernos edificios del Distrito Financiero nos acercamos al agua. En medio del puente podemos rendir visita al Museo del Tea Party, con sus barcos de época, que gira en torno a los sucesos que culminaron en la Revolución de las Trece colonias fundadoras de los Estados Unidos como nación. Ya en la ribera opuesta, está el gigantesco Museo de los Niños y, siguiendo pegados al agua, tras el siguiente puente, nos topamos con un cangrejo que ladra, The Barking Crab, el restaurante más popular de la ciudad, destartalado y sucio por fuera pero rústico, marinero, colorista y festivo en su interior, siempre repleto de gente que se acerca a probar la típica langosta y otros platos de la zona en un ambiente de diversión y mesas compartidas.

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Aquí hay dos opciones. Continuar el paseo portuario para visitar el ICA, Instituto de Arte Contemporáneo, un espacioso museo moderno que mira al agua medio escondido entre los vecinos rascacielos. O cruzar el puente y continuar bordeando el agua en paralelo a la avenida Atlántica, entre restos de arqueología portuaria que contrastan con arquitecturas de llamativos diseños, hasta llegar al Acuario de Nueva Inglaterra, enorme y tecnificado zoológico marino donde grandes tiburones, pingüinos azules y tortugas verdes compiten con el avistamiento de ballenas y el cine de alta resolución, entre muchas otras ofertas.

Del siguiente embarcadero, el Long Wharf, sale el ferri que comunica el centro con el aeropuerto de Logan, muy cercano al este, pero nosotros cogeremos el que nos lleva al norte, concretamente a Charlestown, el barrio más antiguo de Boston, donde comenzó la rebelión contra la metrópoli británica que provocó la Guerra de Independencia. Desembarcamos junto al dique que exhibe el barco de guerra USS Constitution y donde se ubica el Museo de su nombre, de entrada libre, a un paso de los viejos astilleros del Navy Yard. Continuamos el paseo, aquí con pasarelas, piso de madera, acogedoras áreas de descanso y espectaculares vistas, hasta los últimos muelles, ya en la frontera del pequeño canal del Mystic. No cabe duda: Boston es una ciudad para pasear. 

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Un segundo paseo, esta vez anfibio, original y muy recomendable, es el que se hace en los Ducks, “patos”, vehículos que funcionan en tierra y agua, medio bus, medio barco, y que no son más que una réplica actualizada de los antiguos DUKW, las lanchas de desembarco de tropas aliadas en las playas europeas durante la II Guerra Mundial. Las taquillas y los puntos de embarque correspondientes se hallan situados junto a tres lugares estratégicos alrededor del centro de la ciudad, todos ellos esperando ser visitados: el Prudential Center, abajo en el Back Bay; el Museo de la Ciencia, arriba en el West End; y el Acuario antes citado, en los muelles del este.

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Su recorrido comienza en asfalto y pasa por las calles y atractivos más emblemáticos del centro y de la historia bostoniana, y continúa en el río Charles con una larga pasada de ida y vuelta que ofrece una visión complementaria de Boston y Cambridge, enfrentados uno a cada lado, de sus grandes puentes, de la circulación fluvial y de sus respectivas líneas de recortado y magnífico horizonte urbano. Al final se vuelve a tierra y al punto de partida tras una experiencia insólita y paladeando aún toda la información sobre la marcha del conDUCKtor, que hace de piloto y guía al mismo tiempo mientras maneja con soltura los mandos de la extraña máquina, esmerándose en contar con profusión de datos y simpatía la historia de las lugares destacados por donde pasa, esperando luego la agradecida propina.

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Santiago

Santi Somoza, de estirpe asturiana en la desembocadura del Eo, allí donde ástures y galaicos se dan la mano, aferrado siempre a su clan galego-forneiro, hipermétrope enjuto, jubiloso jubilado, maestro de nada y aprendiz de todo, pacífico y socarrón, descreído, escéptico, indignado, viajero letraherido y maratoniano corredor de fondo, ave nocturna y perpetrador de tangos, amigo de sus amigos, amante del buen vino y la poesía y, por encima de todo, de sus tres queridísimas mujeres. View all posts by Santiago →

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