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Excursión a Micenas, la cuna de Occidente

Santiago 13 junio, 2017

La Micenas histórica ya no existe, solo un importante yacimiento arqueológico recuerda hoy la ciudad-fortaleza de la antigüedad griega que dio nombre a una de sus grandes civilizaciones de la época arcaica. Para acceder a él desde Atenas, a menos de cien quilómetros, se sale de la capital hacia el noroeste, se bordea por el norte el Golfo Sarónico y, a la altura de Corinto, se desvía uno hacia el suroeste. Estamos en el Peloponeso, esa vasta península meridional con forma de mano (sus estrechas subpenínsulas apuntando al sur, los dedos) hoy convertida en isla por la ingeniería hidráulica del Canal de Corinto. Concretamente en el valle de la Argólida, departamento cuyo nombre está relacionado con la arcilla, materia prima de su artística cerámica.

Los aqueos, pueblo indoeuropeo de origen caucásico asentado en los Balcanes, bajaron hasta la isla de Creta donde desarrollaron una rica cultura: la minoica o cretense. Luego se extendieron por el continente griego y, avanzado el segundo milenio a.C., en el Bronce final, sus herederos, los micénicos, dominaron Grecia y las costas vecinas durante un floreciente y largo período. micenas-intro

Estos son considerados como los primeros griegos, quizá por esa incipiente unificación de las polis, porque hablaban ya una primitiva lengua griega y por protagonizar la literatura posterior, en especial la homérica, con sus mitos de dioses, héroes y reyes. Que luego enlazaron con los postulados de la época clásica ateniense que sentaron las bases de la democracia moderna y de la cultura occidental: la política, la filosofía, las ciencias y las artes. El nacimiento de la Razón.

La Guerra de Troya y la mitología están directamente relacionadas con Micenas. Según la leyenda, los dioses concedieron a Paris, hijo del rey de Troya, el amor de Helena, esposa de Menelao, rey micénico de Esparta, a la que el joven príncipe no dudó en raptar. Como consecuencia, los monarcas aqueos, capitaneados por Agamenón, rey de Micenas y hermano del agraviado, se vengaron en Troya.

Pero la realidad fue más prosaica: esta ciudad griega, cuya ubicación estaba en el NO de la actual Turquía, en el Egeo septentrional que hoy comparten ambos países, impedía el paso libre a los barcos griegos por el estrecho de los Dardanelos (el Helesponto griego) para acceder al Mármara y al Mar Negro, una de sus rutas comerciales, y por esa razón la alianza de los reinos micénicos le declaró la guerra. Sea como fuere, las dos durmieron bajo tierra durante siglos como ciudades perdidas. Hasta que el empeño de un tozudo prusiano las rescató para la Historia.

Enrique Schliemann, multimillonario alemán, políglota, viajero decimonónico y enamorado de Grecia y su cultura, dedicó su vida (una vida de novela, por otra parte) a rastrear la ubicación real de ambas ciudades a partir de los datos históricos ofrecidos en la Ilíada (Ilion era otro nombre griego de Troya) y la Odisea (Odiseo, Ulises, era rey de la isla jónica de Ítaca y aliado de Micenas en la guerra). Para ello, llegó a hacer estudios de Arqueología, a casarse en segundas nupcias con una joven griega, a bautizar a sus dos hijos griegos como Andrómaca (princesa tebana, esposa del troyano Héctor) y Agamenón, y a vivir en Atenas, donde hoy descansa en un suntuoso mausoleo.

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Cuando a mediados del siglo XIX se realizaron las primeras excavaciones, este lugar que ahora visitamos estaba tapado por la tierra y la vegetación. Schliemann llegó tres décadas más tarde, algo después de haberlo hecho en Troya, ahora acompañado siempre por la guía inestimable del historiador Pausanias, un viajero griego del siglo II cuyas referencias histórico-geográficas llegaban al detalle. Lo primero que vemos es una amplia cicatriz de tierra removida y piedras esparcidas que serpentea en terrazas colina arriba, en medio de un paisaje verde y frondoso. Son las ruinas de la acrópolis que dominó por entonces el mundo helénico, la capital de una civilización rica y poderosa que impuso su talasocracia por todo el Mediterráneo.

Una rampa de tierra nos conduce a la acrópolis de Micenas, estratégicamente ubicada para controlar las rutas que unían esta península con el resto de Grecia, inexpugnable fortaleza palaciega amurallada y construida con descomunales bloques de piedra (tanto, que la leyenda atribuye al trabajo de los Cíclopes), como lo demuestra su entrada principal, la famosa Puerta de los Leones, imponente vano sobre cuyo pesado dintel se han esculpido dos leonas, hoy acéfalas, que apoyan sus patas en un altar rematado por una columna simbólica.

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Las dimensiones sobrecogen y nos trasladan a otros complejos megalíticos muy lejanos. Ya dentro del recinto amurallado, se encuentra el círculo de Tumbas interior, necrópolis de enterramientos nobles donde se halló un verdadero tesoro de ofrendas funerarias.

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A unos pasos de la pequeña necrópolis, apareció el renombrado Vaso de los Guerreros, un cráter de cerámica pintada, vasija de doble asa para bebidas. La llamada Máscara de Agamenón, aunque de atribución dudosa, tallada en oro, es otra de las maravillas encontradas. Todos los hallazgos valiosos (oro, plata, marfil, ámbar, cerámica; joyas, armas, recipientes, máscaras, esculturas, tallas, placas, tablillas escritas), tanto de dentro como de las excavaciones en el exterior, los pudimos visitar luego en el interesantísimo Museo Nacional de Arqueología, en Atenas.

Siguiendo los vericuetos de la subida, alcanzamos la plaza del Palacio Real, núcleo de la fortaleza y residencia del poder aristocrático y su lujosa corte, hoy casi un descampado llano salpicado de piedras informes, restos del abandono y los saqueos de antaño, protegido al dorso por un alto monte triangular y abierto al frente sobre el fértil y amplio valle verde, abajo, entreverado de colinas y pequeños pueblos. Imbuidos de épica histórica, salimos por el otro acceso de la ciudadela, la Puerta Norte, también fortificada pero más humilde.

puerta-norte-micenasAntes de abandonar la zona, visitamos, muy cerca de aquí y del pueblo, la actual Mykines, el llamado Tesoro de Atreo, un tholos o monumento funerario (se suponía la tumba de Agamenón o de Atreo, su padre, pero surgen muchas dudas al respecto) que recuerda desde fuera las mastabas egipcias pero cuyo interior es de planta y bóveda circulares, con dos cámaras y un gran corredor de entrada.

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Se supone que contenía valioso mobiliario, obras de arte y un rico tesoro, pero el tiempo y los ladrones lo han vaciado por completo hasta convertirlo en refugio de pastores. Al menos sigue en pie, y ahora protegido. Como en todos los yacimientos históricos, es necesaria una enorme dosis de información e imaginación para visualizar y apreciar cómo serían estos lugares en pleno apogeo. Se sigue aún especulando sobre la misteriosa desaparición del dominio micénico, pero ahí quedan su impronta y su importante legado. Las excavaciones, que parecen no acabarse nunca, tienen la última palabra.

 

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Santiago

Santi Somoza, de estirpe asturiana en la desembocadura del Eo, allí donde ástures y galaicos se dan la mano, aferrado siempre a su clan galego-forneiro, hipermétrope enjuto, jubiloso jubilado, maestro de nada y aprendiz de todo, pacífico y socarrón, descreído, escéptico, indignado, viajero letraherido y maratoniano corredor de fondo, ave nocturna y perpetrador de tangos, amigo de sus amigos, amante del buen vino y la poesía y, por encima de todo, de sus tres queridísimas mujeres. View all posts by Santiago →

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