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Continuamos nuestro recorrido por Dublín que dejamos en el capítulo anterior en la zona del mercado de la George’s st. Retrocedemos unos pasos río abajo y cruzamos el peatonal y veneciano Ha’penny Bridge, cuyo nombre recuerda su antiguo peaje de medio penique.

Ya estamos en Temple Bar, nombre a la vez del barrio más nocturno y de su pub más famoso. Con dirección oeste, alcanzamos pronto la catedral de Christchurch, una gigantesca construcción medieval en piedra gris que se levanta como una atalaya sobre el antiguo barrio vikingo, origen de la ciudad (a su lado, Dublinia, museo para el interesado en la historia escandinavo-normanda local).

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Un poco más al sur, está la otra catedral, la de San Patricio, patrono de los irlandeses. Y no muy lejos, siguiendo hacia el oeste, nos espera una visita obligada: la Guinnes Storehouse, un moderno centro de interpretación pegado a la fábrica de la famosa cerveza, donde conoceremos el proceso de elaboración de esta bebida y podremos degustar una pinta en el Gravity Bar de su séptimo piso, acristalada terraza cubierta, mientras contemplamos las mejores vistas de toda la ciudad a nuestros pies.

Aún nos quedará tiempo para visitar, unas calles más allá, la Kilmainham Gaol, la antigua prisión de los patriotas irlandeses bajo el dominio inglés, y entrar en el Phoenix Park, parque, bosque y pulmón verde a un tiempo, enorme y bien cuidado. De vuelta al centro, podemos rendir visita al Castillo, al Ayuntamiento y al Banco de Irlanda, nobles y admirables construcciones, para terminar con cena y espectáculo en alguno de los magníficos pubs del vecino Temple, siempre concurridos y llenos de agradables sorpresas musicales.

El segundo día saldremos del mismo punto, el puente O’Connell, pero ahora en sentido este, a lo largo de los muelles norteños del río. A nuestra derecha, el ancho y caudaloso Liffey, con algún barco antiguo convertido en restaurante o centro visitable. Al otro lado, el edificio de la Aduana, georgiano e impresionante (detrás quedan la estación central de autobuses, Busaras, y la ferroviaria de O’Connolly); el Arco romano; el moderno CCD, Centro de Convenciones y Congresos; el Canal Real; puentes varios…

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Cruzamos hacia el sur por el de Calatrava, con su blanca y estilizada marca de la casa, y llegamos a la plaza Merrion, en cuya esquina noroeste nos espera Oscar Wilde sentado sobre su memorial de piedra, como un espectador más de los que acuden al multitudinario Maratón urbano, que justo allí levanta su meta una vez al año (al lado mismo, para los amantes de la pintura, se levanta la National Gallery, sorpresa arquitectónica que alberga una rica pinacoteca).

Algo más abajo, entramos en el St. Stephen’s Green, victoriano y asequible parque, con su estanque, su frondosa arboleda, su limpia pradera y sus preciosos rincones, del que salimos por el monumental Arco de Fusileros para entrar de lleno, regresando hacia el norte, en el otro núcleo comercial de la ciudad: la calle Grafton y sus alrededores, zona peatonal de barullo, escaparates y músicos callejeros. Nos toparemos aquí con el Bewleys Café, una pequeña joya colonial donde descansar un poco; con el pub Davy Byrne’s, joyceano templo; y, ya al final de la calle, al lado de la Oficina de Turismo, con Molly Malone y su carro, ahora mudos en bronce.

Finalmente, subiendo hacia el punto de partida, donde terminará nuestro recorrido, nos queda aún la joya de la corona, a unos pasos: el Trinity College, la universidad de Dublín. Sus facultades y residencias, su famosa biblioteca (solera británica, of course) y sus zonas deportivas se agrupan alrededor de patios y jardines abiertos al público, campus hecho parque, el más monumental y céntrico de la ciudad. Para completar el día y terminar la noche, podemos optar entre el mercado de la George’s st. Arcade y su barrio de ambiente nocturno, muy a mano hacia el oeste, o repetir en el del Temple Bar, un poco más arriba, que nunca falla. Sea donde sea, este pueblo hospitalario y abierto, nos despedirá cantando entre pintas de cerveza y sana alegría. Compruébalo tú mismo.

Texto e imágenes: Santiago Somoza

por Santiago

Santi Somoza, de estirpe asturiana en la desembocadura del Eo, allí donde ástures y galaicos se dan la mano, aferrado siempre a su clan galego-forneiro, hipermétrope enjuto, jubiloso jubilado, maestro de nada y aprendiz de todo, pacífico y socarrón, descreído, escéptico, indignado, viajero letraherido y maratoniano corredor de fondo, ave nocturna y perpetrador de tangos, amigo de sus amigos, amante del buen vino y la poesía y, por encima de todo, de sus tres queridísimas mujeres.

3 comentario en “Dublín: De puente por la ciudad de los puentes (II)”
  1. La verdad que estuvimos por allí en el pasado fin de año y nos dejó un buen sabor de boca enorme, esperamos volver por Irlanda pronto y seguir conocíendola, porque merece la pena mucho 😀

  2. Hola David,

    no sé por qué dices que no la recomiendan, si la incluyen en su recorrido de ‘Berlín en 48 horas’. Lo puedes ver en la misma página.

    Un saludo,

    Irene

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