Aún habiendo viajado a Perú, Tailandia o Indonesia, quizás el de Lanzarote sea uno de los paisajes más peculiares que haya visto nunca –a mucha menos distancia, por eso doy esos ejemplos-. En parte, desolado; en parte, exótico, pues nos hace imaginar que visitamos la luna o marte; por otro lado, genial, por la calma y tranquilidad que ofrece. Hoy os voy a contar qué ver y hacer en la isla durante 6 días aunque no completos, pues uno fue al llegar y no lo aprovechamos desde primera hora; y el otro, el día que nos íbamos. Con todo ello, cada día tuvo algo de especial; un recuerdo imborrable; un descubrimiento, así que decidí incluirlos.

Es importante apuntar también que fue un viaje tranquilo, sin excesivos madrugones y alguna siesta improvisada; de modo que decidimos, por ejemplo, dejar para otra ocasión una visita a la isla de La Graciosa, un lugar que merece la pena pero que creíamos también requería más tiempo y atención del que íbamos a darle.bodegas-elgrifo-2

Día 1: Conociendo Arrecife y disfrutando de nuestro hotel

El día de nuestra llegada aprovechamos para conocer la capital de la isla. Aunque Arrecife apenas aparecía en los lugares donde me había informado –y quizás por eso-, queríamos saber si realmente no tenía apenas lugares que visitar. Al adentrarnos en ella nos percatamos de que era una ciudad humilde y algo destartalada, pero con cierto encanto.

Tras aparcar y desayunar, nos acercamos al paseo marítimo, donde justo a esa altura se sitúa uno de los atractivos de la ciudad: el castillo de San Gabriel, de corte defensivo y que data en origen del siglo XVI. Tras haberse quemado y rehabilitado, ahora tiene un aspecto muy cuidado y recibe al viajero con dos grandes cañones en la cara principal. La zona es muy bonita, pues tiene sendos paseos de piedra rodeados de mar y con vistas a la ciudad. Al regreso pasamos por el conocido Puente de las Bolas, levadizo y único de estas características en Canarias.

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Pero mi lugar preferido en la ciudad llegaría más tarde. Atravesando calles con ambiente para cenar o tomar algo que poco a poco iban haciendo que me apeteciese volver a este lugar, nos cruzamos con la Iglesia de San Ginés, el monumento más reconocible cuando llegamos al barrio pesquero homónimo y lugar de referencia en la urbe. Dispuesto en torno al mar y a un montón de barcos de faena de pequeño tamaño, este rincón me encandiló. Está lleno de bares y restaurantes, y las construcciones son las casas típicas de la isla: blancas y de forma irregular.

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Damos un pequeño paseo, pero volveríamos a la noche para cenar, a un restaurante muy bueno –La tabernita del Charco-, que hizo que mi idea sobre la ciudad fuera definitivamente positiva. Volvimos incluso el día de nuestra partida, pues no está lejos del aeropuerto y esta zona merece bastante la pena.

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La tarde la aprovecharíamos para descansar en el alojamiento que habíamos reservado –situado en Costa Teguise-, pues fue una sorpresa total. Con unas instalaciones propias de un diseño de César Manrique y salida al mar, era difícil decir que no a relajarnos en sus instalaciones. Sucedió sin apenas darnos cuenta. 

Día 2: El lado más turístico de Lanzarote y relax en la Caleta de Famara

El primer día habíamos no habíamos atravesado la isla en coche, así que en cierto modo, sentíamos que no habíamos visto nada. Una de los mejores momentos en Lanzarote es sin duda ese, disfrutando de un paisaje precioso y de una sensación de libertad y paz muy característica. Pero este día también conoceríamos una cara de la isla que me dejó una sensación agridulce: lo más turístico de ella. Lo habitual es que por un precio de 20 euros puedas visitar tres atractivos, que incluyen la interesante Cueva de los Verdes, pero otras dos visitas que a mí me dejaron un poco fría, aunque tampoco puedo decir que no merecieran la pena: los Jameos del Agua y el Mirador del Río. El organismo de turismo no ofrece la posibilidad de que ‘Montañas de Fuego’, la visita al Parque Nacional del Timanfaya, pueda incluirse en este abono, por lo que te hacen pagar de nuevo por esta atracción imprescindible. Un negocio de oro, vaya.

La primera que disfrutamos fue los Jamelgos del Agua. Se trata del acondicionamiento de uno de los tubos volcánicos formados en el volcán Corona. Así y gracias a César Manrique, que lo diseñó como ejemplo de armonía entre el medio y la acción humana, hoy este lugar es utilizado para comer allí o tomarse algo, contemplar una preciosa piscina de fondo blanco o incluso para hacer conciertos, pues hay un auditorio. También se puede visitar un lago natural en el que habitan especies de animales únicas, como un cangrejo ciego y albino. Para mí, lo mejor de la visita es la ‘Casa de los Volcanes’, un espacio museístico donde poder aprender un poco más de este fenómeno natural tan llamativo.
jameos-agua-lanzarote jameos-agua-lanzarote-2Muy cerca de esta visita está la Cueva de los Verdes, que sí me parece realmente interesante. Además de poder sumergirnos de nuevo en las profundidades del volcán Corona y conocer la composición geológica del subsuelo, se trata de una visita guiada donde se cuentan los detalles sobre la misma, que siempre se agradece. Por ejemplo, se llama así porque era utilizada por una familia a la que se conocía popularmente como ‘Los verdes’, quienes elegían este lugar como guarida cuando llegaban los piratas. Fue rehabilitada por Jesús Soto y hoy se puede recorrer parcialmente. Durante el recorrido hay además “un secreto” que nos desvelan, pero que no os voy a contar para animaros a descubrirlo y que sea una sorpresa también para vosotros.

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No muy lejos de las anteriores visitas, se sitúa la tercera que elegimos para completar el bono turístico que compramos: El mirador del Río. Muy bien integrado en la naturaleza, ofrece increíbles vistas de la isla La Graciosa, un territorio muy cerca de Lanzarote y muy especial que finalmente no tuvimos tiempo de recorrer. El mirador es también producto del diseño de César Manrique, lo que te servirá para completar el recorrido si sigues la pista del artista en Lanzarote. Con todo ello, si fuera una visita individual, con sinceridad, creo que no la hubiera hecho. Hubiera preferido invertir el tiempo en visitar la isla directamente, por ejemplo. Pero no todo es siempre como uno quiere 🙂

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Para comer en el norte de la isla, Orzola es un pueblo muy recomendable. Tiene varios restaurantes en el puerto con bonitas vistas al mar y sobre todo, pescado del día a precios asequibles. No obstante, nosotros ese día no pedimos pescado. Aún así, comimos muy bien –la gastronomía de la isla es otra de las cosas que destacaría para bien- y como el día no acompañaba, nos volvimos a casa a descansar un rato. Si hubiera habido algo más de calor y menos viento, nos hubiéramos acercado a unas piscinas naturales que nos habían recomendado unos amigos. Aunque las indicaciones no están claras, no habría más que preguntar a la gente del pueblo y seguro que allí acabaríamos.

Por la tarde, nuestro destino fue la Caleta de Famara, un pueblo que tiene un encanto especial –de hecho, volvimos días después-. Hay tramos que son caminos de arena y el ambiente surfero de la playa, llega hasta las tiendas y terrazas del lugar. El arenal es amplio y aunque suele correr viento, algunos valientes se bañaban el primer día que la visitamos. Una visita muy recomendable donde pasamos un rato muy agradable. 

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Día 3: Papagayo y relax en Lanzarote

El tercer día fue de transición, lo que nos robó un poco de tiempo, puesto que habíamos cogido otro hotel para los últimos días. Estaba situado en Tías, una pequeña localidad de casas blancas y volcán al fondo que también nos trató muy bien. Aprovechamos para despedir el pedazo de alojamiento que habíamos tenido durante dos días con un baño en la playa mañanero e hicimos snorkel en el arenal al que tenía salida el alojamiento: playa del Ancla. Recomiendo hacer snórkel en estas aguas, pues además de ver un montón de peces normalitos, de vez en cuando aparece uno de colores más llamativos o a rallas que llamaron especialmente nuestra atención.

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Tras situarnos, pusimos rumbo a la zona de costa más conocida de Lanzarote: las playas de la Punta del Papagayo. Se trata de una zona protegida con varios arenales con características de ensueño: arena fina y clara, aguas cristalinas, bonito paisaje montañoso y aguas tranquilas. Nosotros fuimos directamente a la playa Papagayo, la más conocida y si bien había bastante gente, disfrutamos de un baño, snorkel y un rato de relax. Comimos en uno de los chiringuitos que hay en el arenal, un pescado local y disfrutamos del ambiente del lugar. A la tarde, fuimos a otra playa e intentamos pasear por los alrededores, llegando a una zona de acantilados donde creíamos haber coronado la isla; dejando atrás al gentío y con todo el océano para nosotros. Ese día no hicimos mucho más, pues estábamos cansados y retiramos pronto, aprovechando que teníamos una casa para cenar allí.

Día 4: Timanfaya y los Charcones

Lanzarote tiene un paisaje único, como os comenté. El corazón de esa esencia volcánica es el Parque Nacional del Timanfaya, donde tuvieron lugar las últimas erupciones en la isla y ahora podemos observar una manta de colores rojizos, marrones, negros y ocres, donde sobresalen grandes volcanes. Durante las erupciones de 1730 y 1367 (tras ella habría otra en 1824), tuvo lugar la mayor parte del proceso, pues afectó a un cuarto total de la isla y sobre todo, a la zona que hoy se puede visitar.
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La visita cuesta 9 euros y es un paseo en autobús de una media hora larga por el terreno volcánico, con comentarios en varios idiomas. Antes del recorrido, lo más habitual es que en el paseo en coche que nos lleva al comienzo, tengamos que esperar. La gente se queja de que esperan cerca de una hora, pero a mí se me pasó rápido, la verdad. El paisaje acompaña.

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Una vez subidos, en ningún momento te bajas del autobús, pero desde luego, lo que ves a través de la ventana es maravilloso. Por eso, aunque la visita podría ser mejor, creo que no debe perderse. Lo ideal sería poder hacer alguna de las visitas guiadas que hacen desde el organismo de Parque Nacional, pero que hay que reservar con antelación. ¡Yo llegué tarde!

Tras esta visita, nos acercamos a El Golfo, un pueblo donde la mayor atracción es una laguna verde formada en un cráter de volcán a nivel del mar y que adquiere ese color por algas que viven en su superficie. La zona está acordonada y no se puede acceder, pero lo vemos en la distancia, con la mala suerte de que el día en que la visitamos el verde es bastante apagado. La zona es muy bonita, no obstante, con un negro puro como color característico de los materiales de este pedazo de trozo de litoral. Después comimos allí, pues hay como en otros pueblos pesqueros de Lanzarote, restaurantes que hacen que una de las mejores partes del día sea la comida.

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Por la tarde, para bajar la comilona que nos damos, nos acercamos a un lugar de playa pero más tranquilo, ya que el viento no da ni un respiro los días que estamos en Lanzarote. Se trata de unas pozas formadas en una zona rocosa de la costa de la población de Playa Blanca conocidas como ‘Los charcones’. Un lugar donde aunque no hay arena y será un poco más incómodo tumbarse, podremos disfrutar de aguas cristalinas y un paisaje muy especial. En ocasiones da un poco de miedo porque no se ve el fondo, para lo que nos vino divinamente tener las gafas de hacer snórkel. De hecho, hay que tener cuidado porque hay bastantes erizos de mar y deberemos poner cuidado para no pincharnos.

Para llegar, hay que tomar el desvío del Faro de la Pechiguera, cuando vamos en dirección a Playa Blanca. En en ese momento, habrá que ir todo recto, por un camino sin asfaltar y que está en bastantes malas condiciones. Cuando se llega a un hotel abandonado, ‘Los charcones‘ están ya justo en la parte de costa en frente, aunque hay que bajar también de pequeño canto rodado en pequeño canto rodado.

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Al final del día, nos dejamos caer por Playa Blanca, donde hemos oído que hay buenas playas. El pueblo es el típico de turismo extranjero que se hace un poco cargante –grandes tiendas de tabaco y restaurantes como máximo estandarte-, pero el paseo marítimo es agradable, lleno de bares y con una playa pequeña pero con cierto encanto.

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Día 5: Visita a Bodegas El Grifo y la Fundación César Manrique; dos visitas, dos visiones

Domingo y último día completo en Lanzarote. Tras haber descartado el plan inicial, que era visitar La Graciosa (hay que ir al norte, coger un ferry de ida y vuelta que cuesta 20 euros y allí pensábamos alquilar dos bicis, el medio de transporte más común para conocerla), decidimos que aún teníamos alguna visita que hacer en la isla y que queríamos ir despacio (algo poco habitual en mí).

Por ello, la primera visita fue a las Bodegas El Grifo, en la zona de la Gería, otro de los nombres propios del turismo de Lanzarote. Es territorio vitivinícola y de un paisaje especial porque al negro volcánico, se suman las viñas verdes salpicando el terreno. Aunque es muy característico el típico paisaje de los muros semicirculares que rodean cada viña y donde se produce el vino, en los viñedos de las bodegas que visitamos eran de otro tipo; más amplios. No obstante, no dejaban de llamar la atención las grandes paredes de piedra creadas con material del propio paisaje, que sirven como freno para los vientos alisios pero a la vez permiten la penetración de partículas de agua que dan lugar a la vida vegetal. 

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Hay diferentes tipos de visita. Nosotros elegimos la más sencilla, que por 4 euros te permite conocer el Museo del Vino ubicado en la bodega antigua y explicando el proceso del vino a partir de los utensilios que se utilizan. También incluye un paseo por los viñedos y una cata de un vino. Esta es la bodega más antigua de Lanzarote y toda Canarias y el peso de su importancia se deja notar. Además, las instalaciones están muy cuidadas. Recomendadísimo. Por algo más de dinero, tienes acceso a visitas guiadas, entrada a la bodega nueva y la cata de un mayor número de vinos.

Diferente sensación me dejó la siguiente visita: La Fundación César Manrique. Ubicada en la que fuera su casa, tiene una exposición temporal por la que pasé sin pena ni gloria, unos cuantos cuadros del artista de solo una etapa, algunas de sus ideas para la ciudad y sobre todo, un recorrido por la que fue su casa. Una casa muy bien hecha e integrada en el paisaje volcánico, con salas lujosas pero que no aportan nada en especial a no ser que se sea un estudioso de la figura del artista… o ni eso. Recorrido rápido y escaso por 9 eurazos que vale la entrada. Con sinceridad, me sobró.

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Tras esta visita y sin que el tiempo acompañara especialmente, nos acercamos a las playas de Puerto del Carmen y además de no ser especialmente bonitas, el viento soplaba fuerte y no estábamos a gusto. Por eso, acabamos de nuevo en la playa de Famara, donde descubrimos otro arenal y otro pueblo porque este día sí había olas y muchos surferos disfrutando del lugar. Nos gustaba este sitio, así que apuramos allí el día.

Día 6: Despedida en la Playa de las Cucharas

Para despedir la isla, nos fuimos de nuevo a la playa el último día. Esta nos gustó más que algunas de las anteriores, pues aunque de un lugar turístico, era muy agradable para el baño. Estaba en Costa Teguise y se llama la Playa de las Cucharas. Además, esta playa es territorio de windsurf y quizás un buen lugar para iniciarse en este deporte. Nosotros lo intentamos, pero estaba todo reservado, así que ya sabes, si te interesa: ¡no pierdas tiempo!

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Antes de volver comimos en Arrecife, despidiendo la isla en un lugar que nos había embelesado: el barrio de San Ginés. Pero sobre todo lo había hecho el paisaje de la isla, que aún pudimos ver tras la ventana una última vez. ¡Único!

Datos prácticos

Alojamiento: Si viajas a Lanzarote próximamente, te recomiendo el que me aventuro a decir que es el mejor alojamiento de la isla: El apartamento Cuevas del Océano. Se trata de un Airbnb, regentado por una mujer que vive en la parte baja pero que apenas ves, y que tiene todo tipo de lujos. Una habitación preciosa, unas instalaciones de lujo, una piscina que parece diseñada por César Manrique y un jacuzzi, ideal por si hace viento ese día.

Además, el alojamiento tiene una puerta que da acceso a una playa, que aunque no es la mejor playa de la isla, es ideal para un baño refrescante cuando amanece. Por si fuera poco, el desayuno está incluido y es súper abundante.El clima: es uno de los puntos fuertes de Lanzarote y es que casi todo el año hace un tiempo en el que poder bañarse en la playa. ¡Qué suerte de clima tenemos en España! No obstante, es una isla con viento y en algunos momentos puede llegar a hacer fresco. En la playa de Famara por ejemplo hacía incluso algo de frío. Por eso, llevad algo de abrigo al menos.

Dónde comer: aunque fuimos a varios sitios buenos, yo me quedo de largo con La tabernita del Charco, en Arrecife. ¡Me encantó! Tienen sushi y un tartar de atún buenísimo. Además, no era especialmente caro y nos prepararon una infusión con especial cariño porque mi pareja estaba algo malito. Me pareció un detallazo.charlestonw-boston

Cómo moverse: para moverte por la isla es necesario un coche y hay muchas opciones para alquilarlo. Nosotros teníamos una amiga que nos consiguió un descuento en Avis y muy bien, pero cuando viajo a Canarias suelo fiarme de Cicar.

por Irene

Periodista desde 2008. Inquieta y curiosa de toda la vida. Abierta a todos los planes; ¡no hay destino que no merezca la pena!

5 comentario en “Lanzarote en 6 días: qué ver y hacer en la isla”
  1. ¡Qué buen recorrido, Irene! Veo que no te dejaste nada. A mí Lanzarote me gustó mucho, me pareció una isla muy especial con ese paisaje tan volcánico de colores. Tampoco me dio tiempo a ir a la Graciosa y me han dicho que la visita merece la pena (habrá que volver je je). Me gustó mucho la casa de César Manrique, ¡quién pudiera vivir ahí! Y los paisajes en general sobre todo el Timanfaya y el Lago de los Ciclos. Cerca de la Cueva de los Verdes, en Arrieta, está el mejor restaurante de la isla para comer pescadito (dicho por varios isleños) «El Amanecer», si decides volver te lo recomiendo. Un abrazo

  2. Patri, gracias por el comentario!!

    la verdad es que la isla es súper especial, pero justo la casa de César Manrique fue lo que menos me gustó jeje 9 pavos por ver una casa ¿??? porque arte tenía pero poco… los restaurantes fueron sin duda uno de los fuertes. ¡Me encantó la gastronomía del lugar! pero no fui al que me dices. Lo apunto, pues tengo una amiga que se va a vivir por esos lares y tengo que ir a verla jijijiji

    abrazote,

    Ire

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