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Viaje por tierras de la Bretaña Francesa (I): Rennes – Huisnes-sur-Mer

Irene 24 junio, 2013

Nuestro periplo, verdadera vuelta a Bretaña (subimos por el este, recorremos la costa norte, bajamos por el finisterre occidental, nos asomamos a la costa sur, visitamos algunos pueblos de interior y entramos brevemente en alguna región limítrofe), tiene lugar a primeros de mayo y comienza precisamente en esa ciudad portuaria francesa, dejando su visita para el final.

De ella salimos en busca de la cercana autovía N137-E03, que nos llevará directamente al primer destino, la ciudad de Rennes, a 100 kilómetros al nordeste y con algo más de 200 000 habitantes, la capital actual de Bretaña. Situada, inopinadamente, casi en el extremo oriental de la región, en la provincia de Ille-et-Vilaine, y a unos trescientos kilómetros al oeste de París, es un centro universitario que destaca por sus estudios de Políticas y por la investigación tecnológica, amén de ser una de las diez llamadas “ciudades de Arte e Historia” por conservar y difundir un patrimonio cultural que data de la Edad Media, cuando los condes de Bretaña dominaban todo el territorio de la antigua región.

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Lo mejor, como siempre, es empezar por la Oficina de Turismo, en la céntrica calle de Saint-Yves, la primera sorpresa: habilitada en la capilla renacentista homónima, ofrece una exposición permanente sobre la historia local, una preciosa tienda donde hay de todo, desde libros hasta productos típicos, y una completísima información viajera. Subiendo la calle, alcanzamos el corazón de la urbe, con dos plazas mayores (otra originalidad más del lugar, junto con una inimaginable línea de metro).

En la primera nos encontramos con dos grandes edificios enfrentados: el Ayuntamiento, un par de graníticos cuerpos laterales que abrazan una torre central, más alta, en cóncava acordeón; y la Ópera, de fachada redonda y convexa, con grandes ventanales y cúpula oval. La segunda, cerrada por construcciones de noble arquitectura, está presidida por el Parlamento de Bretaña, imponente en su estilo local, piedra y pizarra.

Alrededor de esta zona neoclásica y barroca, más moderna y comercial, surgen por todos lados las placitas y callejuelas medievales, estrechas y breves, empedradas, con pequeños soportales, esquinas imposibles y las típicas casas antiguas con entramado de madera y predominio del color rojo, de marcada línea centroeuropea, alternándose con casonas de piedra renacentistas; ambiente estudiantil de bares, terrazas y pequeños restaurantes cuyo eje lo forman las plazas Champ-Jacquet, Saint-Anne y Lices.

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De paso entraremos en alguno de los muchos e interesantes templos, siempre abiertos (algo curioso: todos con hileras de sillas en vez de bancos), como la catedral de San Pedro, la basílica de San Salvador o la iglesia de San Germán, o nos tomaremos un descanso en el bello parque Thabor. Luego, volviendo al sur, cruzaremos el río Vilaine para terminar en la Plaza de la República, abierta y alargada, escoltada por el imponente edificio del Palacio de Comercio, hoy Correos.

Salimos luego en dirección a Vitré, a 35 km por la N157-E50, otra de las “ciudades con Historia”. Con menos de 20 000 habitantes, nos recibe desde las torres de su famoso castillo, que se destacan sobre los tejados de pizarra del caserío. El centro histórico se enmarca entre la calle Notre Dame, donde se encuentra la catedral de su nombre, y el Paseo Saint-Yves, con el famoso Chateau de Vitré, sólido castillo-fortaleza de altos muros y cúpulas cónicas de pizarra colgado sobre la vega del Vilaine, que hoy alberga un museo y es sede del Ayuntamiento.

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Dentro del viejo casco, un laberinto de calles y callejas, entre las que destacan la Sévigné y la de La Poterie, con sus casas góticas de piedra y madera, sus porches, sus artísticos letreros, su empedrado, el cuidado de los pequeños detalles, hace que nos sintamos trasladados al tiempo de las leyendas medievales. Saliendo hacia el norte, haremos una breve parada en Fougères, ciudad algo mayor con un par de atractivos destacados: el propio centro, con sus zonas verdes y jardines preciosos que adornan calles y plazas con edificios de notable presencia, y el castillo, esbelta mole de granito que domina la ciudad desde un estratégico promontorio rocoso.

Siguiendo hacia el norte, tomamos la A84-E3, que nos mete en la vecina región de Normandía, provincia de La Manche, y la abandonamos a unos treinta kilómetros para, diez más al oeste, alcanzar el pueblecito aún normando de Huisnes-sur-Mer, donde visitamos el Cementerio Alemán; es un jardín verde, coqueto y bien cuidado, donde descansan los restos de alemanes que intentaron detener sin éxito el masivo desembarco de los aliados que marcó el principio del fin de la II Guerra Mundial, mucho más pequeño que los americanos de Omaha Beach y demás en el norte de esa misma región francesa; pero contemplar el hermosísimo paisaje de la campiña normanda ya sería suficiente razón para acercarse aquí.

Tomando ahora la cercana N176-E401, que nos devuelve a Bretaña, llegamos a nuestro hotel, a medio camino entre el mar de la Bahía de Saint-Michel y Dol-de-Bretagne, al sur, otra “ciudad histórica” esta última, de unos escasos 5.000 habitantes, que merece una visita: imponente catedral, museo regional, menhir neolítico gigante, coquetas callejuelas que desembocan en la Grande Rue, la calle de los Estuardo, larga y concurrida, con un colorido elenco de casas medievales, gran oferta gastronómica (hoy toca ración de moules, los sabrosos mejillones de la zona) y hasta un pub donde Jacob el perroquet, loro de la casa, te da la bienvenida en lengua local, como el de los piratas de Serrat. Bonsoir!

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Irene

Periodista desde 2008. Bloguera de viajes y Community Manager desde 2010. Viajo cuando puedo; el resto del año trabajo, salgo a correr, leo, disfruto de mi ciudad y mi gente y veo pelis View all posts by Irene →

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