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Ankleshwar, nuestra puerta a la India

Santiago 23 noviembre, 2017

Un viaje a la India suele empezar siempre en cualquiera de las megalópolis donde nos deposita el avión. Salir del aeropuerto ya es todo un impacto físico y emocional: calor, humedad, gente, tráfico, deterioro, noche, sorpresas, vida. Pero si te la saltas y te largas a una ciudad más pequeña y desconocida, entonces el chute de conmoción se concentra más a mano. Ese fue en nuestro caso, Ankleshwar, en el estado de Guyarat. 

La primera impresión es que todo es un mercado en perfecto desorden, un lío de calles rotas y sin aceras, casas en mal estado, tuberías al aire y cables enmarañados; una confusión de humildes y oscuros puestos y tenderetes callejeros mezclados con tiendas y comercios interiores de mejor ver, entre los que pulula una masa variopinta de personas, mayormente jóvenes, vehículos de dos y más ruedas, algunos sobrecargados o cargados con lo más inverosímil, vacas, perros y otros animales sueltos.

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Todo en un sofocante pero hipnótico ambiente de tipos, formas, colores, olores y sabores más o menos extraños, en vivo y en directo. Amén de algún sobresalto inesperado: vendedores al asalto, jóvenes que quieren una foto contigo, niños pidiendo dinero, tullidos postrados ante la indiferencia general, familia que viven y duermen en la calle. Y basura, mucha basura. Hombres, mujeres y niños, sin embargo, parecen animados y felices, tranquilos y habituados. Como lo acabaremos estando nosotros en poco tiempo: somos animales de costumbre.

Hemos empezado nuestra ruta en Ankleshwar, un pueblo de Guyarat que no llega a los cien mil habitantes, conocido por un buen número de industrias químicas que lo han convertido en uno de los más contaminados del mundo y que, por el contrario, pasa por tener un alto índice educativo, en relación con la baja media nacional. No es un centro turístico, obviamente, lo que hace que seamos los únicos occidentales, o casi, y que el lugar nos ofrezca una visión más auténtica de la India real. Como no tenemos mucho tiempo, aprovechamos la mañana para callejear, mochila, agua y cámara en ristre.

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Todo nos resulta nuevo y mareante, no sabemos a dónde mirar. El hecho de cruzar la calle, donde los semáforos se hacen de rogar, es una odisea. Nos centramos en la avenida principal, larga y abarrotada, especialmente la zona más comercial, donde se ubican, a un lado, la Estación de tren y, a un paso de ella, la de autobuses, perdiéndonos por algunas calles laterales algo más tranquilas, donde máquinas, humanos y animales se reparten un espacio mayor. En este meollo, no hay templos ni monumentos, solo algún hotel pone la nota discordante en un paisaje urbano precario, gris.

vendedores-ankeshwar Después de un breve descanso, necesario tras tantas horas de vuelo y carretera, nos dirigimos hacia nuestro objetivo, la razón por la que hemos caído aquí: la visita a la Misión Jesuita del Padre Joaquín, un religioso navarro que lleva en la India más de la mitad de su vida. Se trata de un centro residencial y educativo para los niños y niñas de las aldeas cercanas, indígenas intocables, huérfanos o con familias muy pobres, la mayoría humildes pescadores, los más parias entre los parias. Aquí viven, estudian, se socializan y se forjan un futuro más digno, mientras los curas y monjas que los cuidan atienden también a las muchas necesidades de sus padres. Solo estuvimos una tarde, pero la experiencia es inolvidable. Es un proyecto religioso en última instancia pero les abren una oportunidad de mejorar sus condiciones de vida. Se puede colaborar con este proyecto a través de la organización Bal Vikas, con sede en Pamplona.

ong-bikas ong-ankleshwar ninos-indiaNuestro primer contacto con la cocina local ha sido el esperado: demasiado nombres raros, demasiado oriental, demasiado picante; pero no nos desanimamos. Salimos en dirección al Narmada, el río de la felicidad, un coloso de más de mil quilómetros que marca la divisoria entre el sur y el norte del país y desemboca al oeste, muy cerca, en un amplio golfo del Mar Arábigo.

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Por un primer tramo virado y estrecho, de aldeas verdes y labriegos de dhoti y saris de llamativos colores, que se afanan en los campos, llegamos al Golden Bridge, el puente dorado, construcción más que centenaria de la época británica, así llamado por el color amarillo de su impresionante estructura de hierro. Una vieja pasarela de casi un quilómetro y medio que se ha quedado pequeña para soportar el tráfico actual. A poca distancia, en paralelo, cruza el nuevo viaducto de la autopista, que hoy está cerrado por obras. Así que la consiguiente caravana nos detiene para ceder el paso a los vehículos pesados. Cuando lo hacemos, apenas hay sitio para cruzarse dos coches. Abajo, algunas barcas en el caudaloso cauce, con isletas y bancos de arena que comparten aves, pescadores, algún bañista ritual (es uno de los siete ríos sagrados del hinduismo) y rebaños de vacas y búfalos de agua.golden-bridge-ankleswhar

Y, al otro lado, Bharuch, antiguo puerto fluvial que da nombre al distrito. En sus alrededores, vamos a visitar varios templos de interés. El Nilkantshwar Mahadev, rojizo por fuera y blanquísimo por dentro, adosado a una alta torre blanca, está dedicado a Shiva, con las paredes adornadas con cuadros, textos y homenajes al dios hindú, azulejos y vidrieras, todo reluciente. Por primera vez nos lavamos las manos y nos descalzamos por imperativo religioso, por primera vez tocamos la consabida campana que cuelga del techo a la entrada de todos los templos, por primera vez vemos un shivalingam, el símbolo fálico del dios, una piedra ancha y cilíndrica de cuarzo pulido, sacralizada y venerada por los hindúes. Detrás, cuatro indios mayores, de kurtapijama blanco, la tocan también, se arrodillan y se santiguan, a su manera, y por la pasarela central de metal plateado se dirigen al altar, al fondo, donde un padre enseña a su hijo los usos del ritual.

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No hay más gente. Silencio y recogimiento. Un sacerdote de túnica colorada, discreto, lo controla todo. Damos la obligada vuelta interior, de izquierda a derecha, y salimos del edificio. Porque hay mucho más. En realidad, el lugar es un recinto amplio, cerrado y pegado al río, con un aparcamiento de tierra que un barrendero se afana por limpiar con una escoba corta, incómoda, una especie de parque público arbolado y verde, donde la gente viene a rendir culto, meditar, comer al aire libre, tomar las abluciones purificadoras o descansar un rato del trajín exterior. Afuera, frente a la puerta del templo, se levanta un pequeño templete cerrado con la estatua del Hánuman, el dios mono, asociado a Shiva. También están las residencias de los monjes cuidadores, la sala de relax y meditación, la fuente, el lavamanos y el empinado y largo ghat que baja al anchuroso río, donde una improvisada pasarela de piedras sirve para bañistas, pescadores y turistas que pasean en barca, entre los restos de las ceremonias rituales y las aves que rebuscan su comida.

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El segundo templo es jainista: Swami Narayan. Y, como tal, deslumbrante todo: tamaño, arquitectura, materiales, decoración. Emplazado dentro de un gran espacio ajardinado y cuidado, la magnífica escalinata de entrada y la impresionante cúpula central, escoltada por otras diez, cinco a cada lado, que disminuyen su tamaño a medida que se alejan de ella, limitadas en sus extremos por otras dos más altas y estilizadas, hacen que parezca, desde fuera, un verdadero palacio, un espejismo de arenisca brillante con sus símbolos en lo alto: banderolas rojiblancas sobre mástiles metálicos a modo de altas antenas. El pórtico abierto, con su bóveda y columnas de mármol labrado y esculpido hasta lo imposible, filigrana de pacientes miniaturistas, junto al profuso relieve escultórico de las torres y paredes exteriores, contribuyen al esplendor del conjunto. Música, mantras, incienso y fuego ritual salen del sanctasanctórum interior, inaccesible para nosotros.

swami-narayan-templeswami-nayaran-templePor el contrario, el también jainista Digambar Jain, en Vadadora, una ciudad ya algo grande, siguiendo hacia el norte, es un templo sencillo de dos plantas, sin apenas decoración ni atracción arquitectónica alguna, bastante sucio, en obras, con el suelo mojado, que, tanto abajo como arriba, donde solo hay una señora sentada y un barrendero, presenta un aspecto pobre y descuidado, dejado a merced del visitante. En nuestro caso, visto lo que hay, nos pintamos una tikka en el entrecejo como un acto de autoservicio y recuerdo.

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A la salida, nos despide la vaca de turno. Por último, al lado de la carretera, encontramos un templo de los Hare Khrisna, del grupo Iskcon. Como todos los de esta secta de monjes butano y cabeza rapada, conocidos como “los extraños”, es una construcción moderna con un puesto de libros y material proselitista a la entrada. Llegamos en pleno ritual: en el altar, dos monjes dirigen la ceremonia a golpe de voz y campanilla; entre los congregantes, no muchos, una mujer pasa de uno en uno el fuego sagrado que, a través de las manos, bendecirá los rostros de los fieles; en una esquina, un grupo de indias mayores con sari prepara guirnaldas de flores; a un lado de la entrada, el santón mayor, posición de loto, en trance sobre su trono, no mueve un músculo; suenan y resuenan los incesantes y monótonos mantras de la casa. No ha estado mal para empezar.

Datos prácticos: 

*Hotel: Welcome Inn. Aunque exteriormente está muy destartalado, las habitaciones son correctas, limpias y ventiladas y no tenían mal precio. Bien situado, cerca de la calle principal de la ciudad.

*Transporte: Nosotros hicimos todo el recorrido por la India durante algo más de tres semanas con conductor, mediante una agencia de viajes india pero con comunicación en castellano y que pudimos conocer de primera mano y ahora recomendar. Se adaptan totalmente a aquello que desees; así fue que a nosotros nos recogieron en Bombay y llevaron a Ankleshwar durante la noche. Podéis contactar con Shyam Tours en el email msshayam93@gmail.com.

*Para comer y beber: las mejores opciones de esta ciudad están en la avenida principal, en los hoteles. Al ser una zona poco turística, la comida está menos rebajada y va a ser complicado que tus platos no piquen, pero un arroz frito o noodles pueden ser una buena opción. Gujarat es un estado donde el alcohol está prohibido, así que de momento, olvídate de tomarte una cerveza 😉

*Si te ha interesado este post, te animo a leer sobre las confusiones más comunes en La India y sobre que ‘India no fue un viaje más‘.

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About Author

Santiago

Santi Somoza, de estirpe asturiana en la desembocadura del Eo, allí donde ástures y galaicos se dan la mano, aferrado siempre a su clan galego-forneiro, hipermétrope enjuto, jubiloso jubilado, maestro de nada y aprendiz de todo, pacífico y socarrón, descreído, escéptico, indignado, viajero letraherido y maratoniano corredor de fondo, ave nocturna y perpetrador de tangos, amigo de sus amigos, amante del buen vino y la poesía y, por encima de todo, de sus tres queridísimas mujeres.

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