Este verano buscaba un destino que cumpliera varios requisitos: no supusiera mucha organización, tuviera playa, se pudiera disfrutar de calor pero no excesivo y naturaleza. Después de varias semanas di con él: aunque por entonces no lo sabía, era la zona conocida como el Parque Natural del Suroeste Alentejano y Costa Vicentina. Y cumplió enormemente mis expectativas. Fue el viaje del verano y un viajazo. Nuestro viaje de 2026. Estuvimos en torno a una semana contando ida y vuelta, así que os daré detalle de toda nuestra actividad por aquellos lares.
El tipo de viaje fue con amigos, hijos, ganas de descansar y también de conocer sitios. Pero fue un viaje relajado, así que si buscas una guía completa quizás este no sea el lugar. Si buscas impresiones y sensaciones, algunos nombres que apuntar y fotos, quizás sí.
La llegada, por el precioso pueblo de Porto Covo
Esta zona de la costa portuguesa está bastante al sur, abarcando de El Algarve hacia arriba, de ahí el nombre de la Costa Vicentina (allende el Cabo de San Vicente). Por la distancia desde nuestros destinos de origen, paramos en Badajoz a la ida y entramos a Portugal haciendo la primera parada en Porto Covo, un pueblo pintado de blanco (como todos, pero aún así muy cuqui y lleno de encanto) y a tope de ambiente en sus calles principales.
En los alrededores hay varias playas y un paseo que las conecta disfrutando del clima y la brisa, pero en este caso nosotros solo nos asomamos a su faro y al arenal de Buizinhos, muy conocido para los viajeros, pero que cuando fuimos estaba cerrado por desprendimientos. También merece la pena si te cuadra por el recorrido acercarte a la Praia do Malhão, una de las más conocidas también de la zona que nosotros por logística no llegamos a pisar.
La primera comida en familia y de vacaciones
Al acabar de pasear por el pueblo comimos en un local pegado al mar, donde disfrutar de esa sensación de estar de vacaciones tan placentera cuando acaba la ruta. Se llamaba Mute y era también un alojamiento que ofrece actividades marítimas. Priorizamos el lugar a la comida; y no nos arrepentimos, pues allí vivimos uno de esos momentos en familia que marcarían los días venideros. Cervezas, niños corriendo, algún bocinazo de corrección… pero sobre todo, la sensación de libertad.
A la búsqueda de una buena en playa la Costa Vicentina
Tras aterrizar en la que sería nuestra casa en Portugal (luego daremos detalle porque fue una maravilla), al día siguiente estábamos preparados para empezar a conocer la zona. ¡Por fin! Nuestra casa estaba en mitad del monte y no pasamos por muchas localidades, pero sí mucha naturaleza hasta llegar a la primera playa: Odeceixe.
La primera de las elegidas, de bastante renombre y popularidad, fue el primer ejemplo de lo que veríamos en repetidas ocasiones los días siguientes: arenales amplios, con acantilados a los lados, agua fría y casi siempre, zonas de río que formaban pequeñas piscinas en su desembocadura al mar. Buenas playas y rincones donde disfrutar al máximo del concepto de vacaciones. Y buenos ejemplares de lo que yo buscaba este verano. El tiempo además acompañaba, así que hizo muy agradables los baños a pesar del frío. ¡Y jugar con las olas añadió su punto!
El Alentejo litoral o Costa Vizantina, poco masificado pero con cierto interés, comenzaba a mostrarnos su lado salvaje, a la vez que comenzábamos a lidiar con un problema: como son pueblos pequeños, no hay mucho aparcamiento y en la mayoría de las veces se aparca un poco lejos, por lo que hay que hacer pequeñas caminatas para llegar al agua. Pequeños esfuerzos para felices recompensas.
Comidas con sabor a mar
Tras la playa, nos acercamos al restaurante Azenha Do Mar, que nos habían recomendado y que disfrutamos en el interior, a pesar de tener una buena terraza. No reservan y tampoco fuimos especialmente previsores, así que ni tan mal. Allí degustamos un gran ejemplar de lubina y almejas para entrar en contacto con el producto local, que también acompañamos con un vino de la zona. Rico oro líquido de nombre Vicentino.
Qué ver en Vila Nova de Milfontes, población de referencia en la Costa Vicentina
Al día siguiente nuestro destino era quizás el pueblo de referencia de la zona: Vila Nova de Milfontes. Una freguesia portuguesa llena de encanto con edificios cuidados y fachadas blancas y de colorines.

Por la mañana paramos en la Praia das Furnas, un arenal con los condicionantes habituales y un estuario también muy grande, con formas de todos los tipos. Nos dimos baños geniales y paseos que no se agotan por un arenal súper chulo con el pueblo al fondo.
En la tarde pudimos pasear por la localidad, llena de encanto y con un montón de tiendas y restaurantes que le dan mucho ambiente veraniego. En la zona del Forte de São Clemente, disfrutamos de un momento de vistas al horizonte y música callejera para recordar en los duros combates de otras épocas del año.
Imprescindibles vistas costeras en Cabo Sardao
Aún antes de irnos a casa, paramos en los acantilados de Farol do Cabo Sardão, un punto súper recomendable porque las vistas panorámicas son impresionantes. Y la luz… me conquistó y eso que tuve que luchar para que Luca entendiera que necesitaba sentir la energía de aquel lugar. Él se negaba a ir y se quejaba de que “ir solo a mirar un sitio era muy aburrido”. Pequeñas batallas del día a día.
Al volver también vimos la gran extensión de campo que se trabaja en la zona, que en gran parte vive de la agricultura, conociendo también así otra cara del Litoral Alentejano y Costa Vicentina.
Playa de Amoreira… y nuestra pequeña aventura
Para el tercer día de playa, tocaba moverse un poco más. Pasado el pueblo de Aljezur, donde no paramos, había dos playas muy recomendables: Amoreira y Monte Clérigo. Elegimos la primera pero vimos la segunda en el coche y tenía también muy buena pinta.
Guiados por Google Maps, entramos a Amoreira por un alto y para acceder tuvimos que bajar por un acantilado. Después cruzamos parte del río que se adentra en la playa. No fue un camino difícil, pero yendo con tres niños y una embarazada podríamos catalogarlo como “nuestra pequeña aventura”. A la vuelta subió la marea y el agua nos cubría más, pero lo superamos con brío.
Esta playa me encantó. Quizás porque tenía una zona de estuario más amplia; quizás porque se podía pasar a un lado donde había bastante roca; quizás porque era más salvaje y no había un pueblo cerca; quizás porque comimos allí e hicimos un día redondo… no lo sé, pero me gustó mucho.
Cenar en un hotel-granja, otra experiencia ideal
Esa noche cenamos en Craveiral Farm, un complejo hotelero con mucho encanto y animales que se pueden visitar (cabras y burros), y además tiene un restaurante para comer pizza o comida hecha con ingredientes de su granja. Un plan muy pensado para niños que también nos gustó.
La sorpresa de la Costa Vicentina: la playa de Carvalhal
La última parada playera fue elegida por estar cerca de casa. No queríamos mucho tute para el último día y así llegamos a Carvalhal. Lo que parecía un arenal más (en este caso aparcamos lejos por llegar tarde, pero hay parking bastante cerca) se convirtió en una cala preciosa que se entregó a nosotros cuando el día caía y nuestras horas estaban allí contadas. Además comimos en su chiringuito y nos encantó: tiene un hummus fantástico y platos muy currados.
Ese día el agua estaba revuelta y jugamos con las olas a ver si podían con nosotros. Aunque no es muy grande, se estaba a gusto. Y además, el componente natural no faltó. Al volver, fuimos a casa por una carretera vacía, donde no nos cruzamos con nadie y disfrutamos una vez más de lo que buscábamos en el destino: paz y tranquilidad. Y eso tratándose de un sitio con encantos varios, es un lujo. Con esa sensación dejamos esta zona de Portugal, que me conquistó sin hacer demasiado ruido.
Datos prácticos
Dónde comer: he ido dejando anotados los sitios donde comimos en el Alentejo litoral o Costa Vizantina. En ocasiones hacíamos también comida en casa y no nos preocupamos mucho de elegir sitios de nivel. Nos recomendaron mucho, si bien es muy popular y había que haber llamado antes: Tasca do Celso en Vila Nova de Milfontes.
Dónde alojarnos: esta fue una verdadera suerte. Encontramos una casa en Airbnb cerca de San Teotonio que era un sueño. Costaba un poco llegar (solo aptos coches altos) pero el precio se pagaba por algo: las vistas eran para dejarte mudo. Y el exterior, la piscina, los detalles… Le dedicaré un post especial para contarlo todo.











