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Bikaner: el templo de las ratas santas

Santiago 31 enero, 2018

Tras un largo viaje en coche desde las occidentales dunas abrasadoras, ya empieza a caer la noche cuando llegamos a Bikaner. Todo ello se alía para que la temperatura, aunque aún seguimos en pleno desierto rajastaní del Thar, nos dé un pequeño respiro, solo pequeño. Salimos a conocer el centro y, para ello, en plena calle, subimos a un rickshaw, una de esas motocarros de colores fuertes que solo brillan en las nuevas, las menos, y que son conocidas también como tuk-tuk, debido, parece ser, al característico sonido de sus primeros motores, hoy en desuso. Representan el taxi más popular y barato y, a la espera o en movimiento, están por todas partes y a todas horas; no hace falta ni pararlos, andan siempre al acecho del cliente, son ellos los que ralentizan la marcha o se detienen y te invitan a subir, dispuestos a llevarte a cualquier parte, incluso a direcciones que desconocen, ya preguntarán, siempre llegan. Llegó y así nos adentramos en esta ciudad; de la que os contaremos sus principales atractivos.

bikaner-fotoDe tráfico y comercio

El regateo, obligada labor que aquí se torna esencial para ambas partes, ha sido rápido y fácil. El satisfecho conductor nos pone en cinco minutos en la plaza central, justo después de sobrepasar la fortaleza roja, emblema de la ciudad cerrado a estas horas. El mercado, que se abre en una de las avenidas aledañas y sus calles laterales, es un hervidero de puestos, semovientes, ruido y trajín. No cabe una aguja, parece la hora punta. La calzada se confunde con la acera, rota y desaparecida entre un revoltijo de cachivaches, mercancías, motos y vacas.

Aunque ya tenemos cierta práctica, aquí nos cuesta aún caminar con soltura y sin miedo, no es para menos. Un mar de gente andando en todas direcciones, coches con prisa, motocicletas con una familia encima que va o viene, taxis y motocarros en busca de clientes, un conductor que camina arrastrando en su bicicarro una carga imposible de planchas de uralita, un vendedor que empuja en su carreta una montaña de plátanos, unos camellos que ponen la nota local. Y el sonido incesante de los pitidos como enloquecedora música de fondo. Caminamos por la derecha para evitar sustos traseros, pero como si nada, algunos circulan al revés.

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Cruzar la calle es un deporte de riesgo, los semáforos brillan por su ausencia y los conductores juegan al más osado, sobre todo en las intersecciones de la calle, donde surgen por todos los lados de manera imprevista. Vamos aprendiendo con los indígenas, que indiferentes y con avezada tranquilidad, paran con el brazo la riada motorizada para abrir un canal de paso entre el, para ellos, familiar desorden y transitan por la atestada calle seguros y despreocupados, como si estuviese vacía. Se nota, eso sí, una practicada confianza entre viandantes y conductores, como si todos ellos tuviesen la certeza de que siempre van a frenar a tiempo. El paseo ha merecido la pena, la oferta es enorme, el ambiente y el colorido, sorprendentes. Cada calle parece especializada en diferentes clases de productos. En la de las especias, montañitas de sal, azafrán, pimienta, pimentón, canela, clavo, comino, chile, guindilla, cilantro, cúrcuma, jengibre y demás familia numerosa, se exponen al aire, con su llamativo contraste de vivos colores, y lo impregnan de poderosos gases picantes que atacan los ojos y la nariz hasta hacernos desistir de su disfrute y abandonar la calle entre escozores y estornudos. Nos recuperamos enseguida con unos tragos de agua y continuamos perdiéndonos sin rumbo fijo.

De arquitectura y fiesta

En algunos puntos algo menos concurridos, nos sorprenden hermosos havelis, hallazgos de gran belleza entre el deterioro general. Se trata de suntuosas mansiones señoriales construidas allá en los años veinte del siglo XX por comerciantes locales enriquecidos, en las que destacan las ricas fachadas labradas en piedra rojiza con ventanas pintadas y enmarcadas con arcos y frisos, balconadas colgantes de porte modernista, celosías de exquisita filigrana y bajorrelieves tallados y esculpidos. Finalmente, ya de regreso andando, decidimos acercarnos a un parque cerrado, frente al lateral del fuerte, donde antes habíamos visto ambiente de luces y música.

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Se trata del Navrati, una fiesta de nueve jornadas (la palabra significa nueve noches) que los hinduistas celebran todos los años varias veces, esta a finales de setiembre, en honor de la diosa Durga (una presencia de Parvati, la esposa de Shiva) basada principalmente en el ayuno (suelen comer una sola vez al día durante la novena). Acompañado, claro, de reglas, oraciones, ofrendas, rituales y peregrinaciones, mientras levantan altares, presididos por su correspondiente dios, por todos los rincones, con iconos engalanados y gran aparato de flores, luz y megafonía, y llenan las carreteras y las calles con comitivas también muy animadas. Durante el tiempo de celebración, los hombres no pueden afeitarse ni ser invitados en el bar, por ejemplo. En el interior del recinto, con pequeños templos, ajardinado y pegado a un gran estanque al lado de la avenida, apenas paramos, pues casi ya no queda gente y parece a punto de cerrar. No hemos visto ni un occidental, todo ha sido muy indio. Cuando nos acostamos en la habitación del hotel, aún resuenan desde la calle los cánticos y la música de las procesiones.

De ataque y defensa

La ciudad de Bikaner, que hoy sobrepasa el medio millón de habitantes, nació alrededor de su inexpugnable fuerte defensivo, allá por las postrimerías del siglo XV, como núcleo de lo que pronto se convertiría en el reino de su nombre. Al contrario que otros principados vecinos, que mantuvieron pactos con los pueblos conquistadores, este tuvo fama de rebelde y belicoso, siempre en disputa con los otros clanes raiputs, con los mogoles y hasta con los británicos, aunque estos acabaron por dominarlos a la fuerza, no sin resistencia. Estamos precisamente en el Juna Garh, la impresionante fortaleza de arenisca roja que anoche descubrimos por fuera y que simboliza el antiguo poderío. Es un inmenso castillo, ahora en medio de la ciudad, rodeado de sólidas murallas, con foso, adarves y torreones, de construcción musulmana, donde se distribuyen diferentes palacios.

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En el interior nos recibe un amplio vestíbulo de altos techos, con bancos para descansar, lavamanos y grifos de agua potable (que beben los visitantes de casa, pero nosotros evitamos, por si las bacterias). Una amplia escalera doble nos introduce en el primer patio de acceso a las dependencias palaciegas, comunicadas por un laberinto de escalones, arcos, pasadizos, corredores, soportales y patios interiores, muchas de ellas con estupendos miradores, galerías, balconadas, ventanales y terrazas con vistas a los muros y jardines de fuera.

Las estancias de hombres y mujeres de la familia real y de la Corte están siempre en dos zonas separadas, como era preceptivo. Alcobas, salas, salones y hasta un pequeño templo, todos adornados ricamente con trabajos de mármol, madera, vidrio, joyas y marfil, destacando tallas, pinturas, mosaicos, azulejos, espejos y vidrieras. Es solo una pequeña muestra de la vieja opulencia principesca, que se complementa con varias salas de exposición, verdadero museo real de armas, ropajes, retratos, artesanía y regalos recibidos en su momento por los monarcas, entre los que sorprende el de un avión británico de la Segunda Gran Guerra. Porque, a pesar de la riqueza arquitectónica, gran parte de las habitaciones están vacías. A la salida, deshidratados, solo pensamos en el agua: la hay dentro y fuera, gratuita, pero esa no nos conviene, nos apresuramos a buscar una tienda.


De santos y curas

Una vez repuestos, vamos en busca de dos antiguos templos cercanos, casi pegados. El primero es el Sumati Dev, más conocido como Bhandashah Jain, de devoción jainista. Sus nombres vienen de los dos hermanos que lo construyeron, Bhandashah y Sumatinath, este venerado como quinto maestro, cuyo símbolo es el ganso. Es una construcción en arenisca roja y mármol, nada monumental comparada con la magnificencia de los grandes santuarios jainas pero con un ornato y unos colores que no son frecuentes en sus hermanos mayores. Sus tallas, esculturas, frescos, vidrieras y decoración dorada son originales, con paredes y columnas adornadas de impresionantes motivos florales y escenas biográficas de sus 24 tirthankas o santos maestros, cuyas capillas se disponen en arco tras el altar.

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Una shikhara, torre alta y blanca adosada al cuerpo principal, y una mandapa o pórtico abierto a la entrada completan el conjunto. Cuenta la leyenda que el mortero con que se edificó llevaba, en vez de agua, ghee, esa mantequilla sagrada de origen vacuno, y que aún hoy, cuando aprieta el calor, el suelo se vuelve extrañamente resbaladizo. También se dice que, desde el último nivel, se consigue una panorámica de la ciudad con el desierto que la envuelve. Ninguna de ambas cosas hemos podido comprobar. Sí que el sacerdote encargado del templo, joven y con buena pinta, semidesnudo en su túnica roja y rubio de henna, se ofrece amable al visitante para hacerte una foto de original perspectiva bajo la bóveda y luego cobrártela, guardándose la propina en su faltriquera y dejando a los sabios gurús con la boca abierta.

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De ritos y vacas

El segundo templo está detrás, en una alta explanada junto a un parque con paseos arbolados. Representa medio milenio de devoción a Vishnu y a su esposa Lakshmi, dioses de la bondad y la riqueza, cuyas estatuas brillan en el interior, al que se accede por unas amplias escalinatas. Es el Lakshminath o Lakshmi Narayan, un templo hindú que no ofrece una estética especialmente atractiva pero que nos sorprende con un ambiente interior muy animado: muchos fieles, familias enteras, algún turista foráneo; diferentes altares y ofrendas; una ceremonia en acción, donde no faltan el fuego, el incienso, las flores y la música; santones varios, en grupo o solos, esos sadhus pintados y adornados, de túnica vistosa, barba y pelo largos, que nunca sabes si son falsos o no; pequeños puestos de mujeres que venden todo tipo de productos rituales; solitarios, en fin, meditando en un rincón en posición de yoga.

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No tenemos por qué ponerlo en duda, pero el objetivo, si no errado, es costoso y las palabras son de un confiado simpatizante del gobierno actual. Y, mientras nos lo explica, justo a nuestro lado se solazan a la sombra de un árbol cinco vacas, cinco. (Paradójicamente, sin embargo, la India se ha convertido en el mayor exportador de carne de vacuno, originando la subida de los precios y haciendo peligrar, incluso, el consumo interno. Varias son las razones: la llamada “revolución rosa”, impulsada por la autoridad competente hace unos años para activar el sector ganadero; la demanda de precios bajos por parte de los países compradores, la mayoría emergentes; o el creciente mercado clandestino de reses, en manos de traficantes ilegales, la mayoría no hinduistas pero también algunos hindús nominales o sin escrúpulos religiosos. Y aunque la mayor parte de la cabaña bovina vendida corresponda a búfalos, negros y no santos, son muchas las protestas y las confrontaciones por motivos religiosos, ecológicos o de simple impotencia ante la carestía del producto).

De dioses y ratas

Hace quinientos años largos, no lejos de Jodhpur, nace Karni ji, una mujer que llegó a ser venerada como santa por su vida y milagros. Se dice que construyó un santuario en un lugar al  sur de Bikaner donde se rehabilitaba a los perseguidos por la ley. El lugar es la pequeña localidad de Deshnoke y el santuario es el Karni Mata, más conocido como Templo de las Ratas, la mayor atracción de esta zona. Durante el trayecto hasta él, hemos visto centenares de peregrinos por la orilla de la carretera, grupos de caminantes en su mayoría, unos pocos motorizados, con banderas y música, que hacia allí se dirigían. Porque la santa Karni Mata es considerada una reencarnación de la diosa Durga y, como apuntábamos antes, los hinduistas andan estos días de novena festiva. templo-ratas3 templo-ratas2

Cuando llegamos no lo podíamos creer. Delante del templo, afuera, nos esperaba una ingente concentración de peregrinos y visitantes que llenaba la extensa explanada donde estos son recibidos y donde se celebra un rebosante mercadillo de fiesta, ropa, comida, artesanía, banderas, himnos, música y demás: la Feria del Divrati, una multitudinaria romería. Alcanzado con dificultad el recinto religioso, las colas son impresionantes, pero amenas para nosotros, que ya no sabemos a dónde mirar. Por fuera, el templo es una construcción de grandes dimensiones, con una parte nueva en obras, en la que sobresale el mármol blanco y las puertas de plata labrada. En el interior está la razón que atrae a tanta gente: las ratas o kabas.

Son animales sagrados, pequeños como ratones y de pelo amarronado, que viven libremente dentro del templo y que se cuentan por millares. La leyenda habla de una venganza de la joven Karni que condenó a toda una familia y sus descendientes a reencarnarse en estos roedores. Sea como sea, aquí las tenemos correteando alrededor de nuestros pies descalzos, saltando por las esquinas, agrupándose en los rincones, escondiéndose por las rendijas, activas, descansando o comiendo. Porque, eso sí, comida no les falta, grandes platos de arroz, granos y leche colocados por los sacerdotes y cuidadores. Viven como dios en las casa de los dioses. Cuentan que hay cuatro de color blanco que son las reinas de la comunidad, las elegidas, las más protegidas y veneradas, pero nosotros no pudimos verlas a pesar de la paciente espera, se ve que se hacen de rogar.

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Los hinduistas creen, también, que si te tocan los pies es un signo auspicioso, y no dudan en besar el suelo de mosaicos blanquinegros, como un tablero de ajedrez, donde los sacros animalillos mean, defecan y corretean a sus anchas, a un paso del altar donde las estatuas de la diosa Karni Mata y sus familiares esperan la veneración y las ofrendas de la masa de fieles, apretujada y enardecida. Aprensivos abstenerse. Los reyes del principado protegieron siempre este templo, pues las predicciones de su divina patrona, pitonisa que es, siempre les fueron favorables, cómo no, la vieja alianza entre la espada y la hechicería: “Las bendiciones de Karni ji están siempre con el pueblo de Bikaner”. Y siguen estando, por lo que se ve.

DATOS PRÁCTICOS

*Nuestro alojamiento: En este caso fue el Harasar Haveli, un edificio patrimonial reconvertido en hotel. Me dio pena no disfrutarlo más pues era realmente encantador. Antiguo pero con todo tipo de servicios, así como restaurantes de buena calidad y geniales salones. Allí hicimos todas nuestras comidas durante el día que pasamos en Bikaner. Muy recomendable.

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*Otras visitas en La India: Si te ha gustado este post te invitamos a leer otros post sobre nuestro viaje a La India, entre los que se encuentran uno de de impresiones sobre el país o confusiones derivadas de su cultura, así como anteriores paradas: Ankleshwar, Udaipur, Mont Abu, Jodhpur o Jaisalmer.

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About Author

Santiago

Santi Somoza, de estirpe asturiana en la desembocadura del Eo, allí donde ástures y galaicos se dan la mano, aferrado siempre a su clan galego-forneiro, hipermétrope enjuto, jubiloso jubilado, maestro de nada y aprendiz de todo, pacífico y socarrón, descreído, escéptico, indignado, viajero letraherido y maratoniano corredor de fondo, ave nocturna y perpetrador de tangos, amigo de sus amigos, amante del buen vino y la poesía y, por encima de todo, de sus tres queridísimas mujeres. View all posts by Santiago →

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